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Diamela Eltit piensa y problematiza los doscientos años (Impuesto a la Carne, Seix Barral Biblioteca Breve, agosto, 2010)



Damiela Eltit entró de manera decidida en el espacio del bicentenario al que la mayor parte de los escritores e historiadores chilenos dieron la espalda. Dos mujeres, madre e hija, independientes en ciertos pasajes y una sola en otros, viven y resisten su marginalidad a lo largo de “¿cuánto?, ¿doscientos años?”. Ambas se conocen al dedillo y viven a partir de ellas para ellas, sin conocidos y con unos pocos parientes que han muerto como el resultado natural de no haberse decidido por la resistencia que mantiene la vida de los humanos.

La marginalidad de las dos mujeres empieza por lo físico: “Bajas/ feas/ seriadas”;  “solas, ancianas, enfermas, cercenadas de toda oportunidad del mundo”; “extremas, bajas, demasiado morenas” y “negras curiches”. Y continúa porque viven en el borde de un sistema que repara poco y nada en ellas, aunque hayan aprendido a transitar en sus límites, experimentando y analizándolo todo desde las rendijas de la vida.

El lugar de la novela es el cuerpo y el espacio un hospital al cual ellas recurren de manera permanente desde hace “¿cuánto?, ¿doscientos años?”. La trama se instala en uno de los discursos más insistentes y complejos de la historia republicana chilena como ha sido el de la salud y la decisión de los médicos y del Estado nacional por hacerse cargo de reparar los cuerpos enfermos de sus connacionales, lo que los “fans” y las “barras nacionalistas” no han dejado nunca de agradecer. Pero, aquí no cabe ser ingenuos y corresponde, como es el deber de cualquier anarquista agudo, grupo al cual  madre e hija pertenecen sin lugar a dudas y a mucha honra, denunciar que tanto los galenos como los propietarios del hospital de la nación y la patria, tienen sus propias intenciones al hacerse cargo de tan noble tarea. Los doctores quieren status y poder y se visten de una blanca altura para lograr lo primero y comercian con la sangre de los enfermos para consolidar lo segundo. El Estado desea y logra mantenerlos a todos dentro de su circuito a través de un sistema hospitalario y atención que lleva a la muerte en los márgenes de una cama y una habitación impersonal y desalhajada.

Poder, marginalidad y resistencia aparecen como tres elementos claves que conforman la novela de Damiela Eltit, sobre los cuales avanza, retrocede y detiene la escritura. El poder se reparte a migajas y todos quieren estar en él en la justa medida de sus posibilidades (doctores, enfermeras y aquellas recepcionistas que son las únicas autorizadas a pronunciar la palabra mágica de ‘pasen’ ante la puerta cerrada de una consulta). Pero, en lo más profundo ese poder se concentra en el Director, quien sin poseerlo del todo, tiene la virtud de haber sido elegido por alguien para ejercerlo a la cabeza del hospital, patria y  nación. Pueden decirse de él cosas horrendas, tan duras como que lo lleva delante de manera delegada y que los verdaderos dueños están tan consientes de su propiedad que les basta actuar a través de interpósitas personas; que aprovecha su rango para lucrar en su favor propio, todo esto es cierto, pero hay que ver lo que sucede cuando falta y el sistema entra en un caos que paraliza todo el funcionamiento. Si bien es cierto que toda mentalidad anarquista advertirá las triquiñuelas que usa el poder cuando decide ausentarse (“Está dilatando y dilatando en una maniobra abiertamente demagógica para generar inestabilidad y así conseguir, en último término, perpetuarse en el mando hospitalario”), tampoco conviene denunciarlo ya que eso significaría el castigo inmediato y total de los administradores del sistema y de sus ‘fans’ agradecidos.

Lo anterior se comprende al advertir que la resistencia es vida y que se vive resistiendo desde la intrascendencia social e histórica de dos viejas feas a las cuales nadie lleva de apunte. En sus márgenes el sistema deja algunos espacios vacíos y que no controla bien (costo marginal) y es ahí donde se sobrevive con mayores posibilidades. Si no, que lo diga la prima Patricia, aunque no podrá hacerlo porque se ahorcó. Pero antes estuvo viva y fue la mejor sostenedora del sistema y lo aceptó todo sin criticar jamás nada, y se quitó la vida al comprobar que nunca llegaría a estar más al margen que cuando pensaba estarse instalando en el centro.

[Y es un sistema que no acepta ni registra a quienes lo niegan e ignoran. No figura en la novela aquel o aquella otra que lo rechaza totalmente y se manda a vivir fuera, ese que morirá sin saber que estaba enfermo y que dejará los huesos en algún lugar como el banco de una plaza o un paradero de buses. Esos no existen e importan un bledo].

Resistir, ubicar el espacio desde donde se pueda intentar vivir y encarnar la crónica más ardiente de la postergación, resulta ser la tarea que se imponen esas dos mujeres “porque ya no podíamos vivir fuera del hospital, por la sangre”. Y vivir dentro implica una serie de transacciones, algunas de las cuales pueden traspasarse de vez en cuando siempre que no se convierta en un hábito. Pero sobretodo implica no pensar ni pronunciar la palabra hambre, maldita y proscrita. La hija no puede decir, por ejemplo, “Se está muriendo la enferma en la sala común, se muere de hambre”, porque su madre, más anarquista pero también más sabia, le responderá “No seas tonta…como se te ocurre mencionar esa palabra contaminada, totalmente prohibida por los severos controles electrónicos de la historia, ¿te volviste loca?, ¿cómo te atreves?”. Y la madre tiene toda la razón porque todo se puede aceptar y explicar, menos eso. ¡Qué el hospital no funciona! Y eso no obstante los esfuerzos sostenidos de la Dirección por hacerlo andar bien; ¡qué los médicos trafican con la sangre de los enfermos! Actuaremos con una decisión inquebrantable si descubrimos a algún funcionario del hospital en una actitud indigna de su alto cargo; ¡Qué a nadie le importa la suerte de los postrados! Tenga cuidado con esa acusación ya que está más que comprobado que los pacientes experimentan un agudo síndrome de abandono que no se condice con la realidad, etc.

Pero que pasen hambre y mueran por eso, no, ni por nada, porque debe tenerse en cuenta que los hambrientos sólo piensan en su hambre y desarrollan estrategias de sobrevivencia peligrosas que los pueden llevar a acercarse a otros hambrientos y combinar las ideas más estrambóticas que terminen con el hospital patria nación. Y si vamos a extremar las cosas hasta ese punto, es mejor que los  hambrientos mueran antes que dejarlos ir por ahí mintiendo de manera tan descarada.

Todo lo anterior se dice a propósito de los doscientos años; el bicentenario visualizado por la autora como “el festejo más emblemático (y vacío) del segundo siglo. Una reunión que contará con la generosa garantía de una asistencia multitudinaria para que el acto se convierta en un suceso que traspase las fronteras y llene de gloria a la nación o a la patria o al país o como se llame actualmente”.



Redactó Nicolás Cruz
Editor de la página.