De Agostini, el explorador de Tierra del Fuego: una exposición y la reedición de su obra.
Una pequeña muestra de 28 fotografías de los Andes Patagónicos, tomadas por Alberto M. Agostini la partir de su llegada a Punta Arenas en el año 1910, se exhibe en el Centro Cultural Palacio de la Moneda (Santiago, Chile). A éstas las acompaña una película que mezcla tomas realizadas por “el último de los grandes exploradores de la Tierra del Fuego” (Mateo Martinic) con otras realizadas hace poco tiempo con motivo del viaje que un sobrino de De Agostini realizara a los mismos territorios. Once de las veintiocho fotografías están dedicadas a los habitantes de los lugares patagónicos; catorce a los lugares –preferentemente montañas y glaciares- y tres a De Agostini en distintos momentos de sus travesías.
La muestra coincide con la reedición de Andes Patagónicos. Viajes de Exploración a la Cordillera Patagónica Austral, que en dos volúmenes, con profusas fotografías y algunos ilustrativos y útiles mapas del autor, ha realizado la Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile en sus volúmenes 93 y 94. Se trata de la obra más completa y querida por De Agostini, quien narra con detalle los territorios explorados, sus habitantes y los esfuerzos –humanos y sobre humanos- realizados para llegar hasta ellos.
Quien guste de la descripción de los territorios más australes del mundo desde todas sus perspectivas, cuenta con material abundante para acercarse al quehacer de este sacerdote Salesiano que habitó en esos lugares, ya fuese recorriéndolos o describiéndolos, hasta poco antes de 1960. Si la reducida exposición podrá despertarle su interés, en los dos volúmenes encontrará detalles y explicaciones escritas con una pluma directa, atractiva y que no se cansa de describir todo aquello que va encontrado por tierra, por el mar y a partir de unos vuelos que sólo personas muy valientes –o inconscientes- se animaban a realizar.
La exposición de fotografías nos presenta una proporción distorsionada de los intereses del explorador al conceder un espacio excesivo a los habitantes patagónicos (casi un 50% de las imágenes). Su pasión fue el territorio, la estructura de sus ríos y los glaciares, los que describió por primera vez en medio del desconocimiento casi completo que se tenía a este respecto en la primera mitad del siglo XX. Eran estos fenómenos naturales los que ordenaban las rutas que se debían seguir, y alcanzarlos le concedía una energía que lo llevaba a vencer obstáculos mayores en muchos casos. Las conclusiones, según o dicho por los que saben a este respecto, han merecido un pleno reconocimiento a lo largo del tiempo y varias de sus descripciones y cartas geográficas siguen siendo utilizadas hasta nuestros días.
En algunos puntos de la enorme vastedad recorrida se ubicaban los hombres: colonos, los alacaluf, los chilotes y araucanos emigrados, los patagones o tehuelches. Unos intentando establecerse en un territorio que les exigía inversión de trabajo y recursos para alcanzar una existencia precaria que podía ser devorada por la naturaleza en cualquier estación del año; otros manteniendo una forma de vida recolectora amenazada por animales y ladrones solitarios que se llevaban sus mejores animales y luego se perdían en los vericuetos de las montañas. Todos ellos comparecen en el lente de De Agostini y encuentran cabida dentro de las páginas de su obra, aunque el interés en su descripción y explicación tenga una fuerza menor con respecto a los temas antes señalados.
El 24 diciembre del año 1928, navegando hacia Angostura Inglesa, De Agostino encontró a los alacalufe, “cuya vida íntima nos interesa conocer” (vol. 1, cap. III, p. 111). “Su aspecto es verdaderamente repugnante y digno de compasión, y demuestra abiertamente las penurias y las privaciones de su vida errabunda y salvaje. Sobre el cuerpo mugriento y fétido con olor a gracia rancia, cuelgan ropas desgarradas y sucias, recibidas quien sabe cuanto tiempo hace de los pasajeros de alguna nave, que les dejan a la vista las piernas enjutas y anquilosadas…” Los párrafos siguientes insisten en la pobreza y las condiciones ‘salvajes’ de su vida, tanto por lo que se refiere a su habitación, mantención de los niños, recopilación de alimentos y explotación a la que son sometidos por los loberos. La exposición contiene una fotografía, muy decidora, de un grupo alacalufe en su canoa. En el libro se consignan siete. ¿Qué vemos ahí unos 80 años después de que los fotografiara y describiera De Agostini? Nos parecen unos desamparados que requieren una explicación sobre un mundo que cambió y los dejó en manos de colonos, loberos y ladrones. Desdentados, trascurados, tienen desconfianza y con la mirada establecen distancias con quien se encuentra detrás del lente.
Una situación distinta la encontramos respecto de la descripción que hace del colona ‘araucano’ Ayapán. El y su familia posan para una decidora fotografía que se puede ver en la exposición (la misma en el libro, vol. 2, p. 239). Todos, vestidos con cuidada elegancia, miran a la cámara: Ayapán se cubre con un chaquetón grueso, pañuelo en el bolsillo superior, mientras otro lo lleva al cuello en forma de corbatín. Un pulcro sombrero cubre su cabeza. La mujer tiene un raje oscuro de buena caída y los tres niños aparecen peinados y bien presentados. De él dirá De Agostini: “Llegado al valle del Baker, desde la Araucanía, su tierra natal, trabajó varios años como arriero y amansador de potros, adquiriendo el terreno que ahora ocupa, donde se reveló como un colono activo y emprendedor. En efecto, en poco tiempo, con su trabajo tesonero e inteligente, ha sido transformar estas tierras agrestes en hermosos campos sembrados de trigo, legumbres y hortalizas” (p. 224).
Los ‘Patagones o Tehuelche’, representados en algunas fotos en la exposición, son objeto de una detenida presentación en el capítulo XIX, hacia finales del libro. De Agostini recurre aquí a la historia acumulada sobre estos indígenas a las opiniones vertidas por viajeros anteriores y, por último, a sus anotaciones personales. La lectura de estas páginas ilustra tanto a los patagones escritos como a la mirada que un sacerdote científico de las primeras décadas del siglo XX daba sobre ellos.
Pero de todas partes se debe partir respondiendo al llamado de los ríos, glaciares y montañas que reclaman la atención del explorador de un territorio cuyo interés crecerá de manera ininterrumpida durante las décadas siguientes.
Redactó Nicolás Cruz (Editor de la página)
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