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Cine Tobalaba ha cerrado sus puertas

 

El Cine Tobalaba, como se decía a la antigua, ha cerrado sus puertas. Un pequeño cartel invitaba a quienes se acercaban a la boletería a un nuevo proyecto futuro que probablemente no se implementará nunca. Con el fin de este cine se ha disminuido aún más la jibarizada oferta de cine existente en Santiago de Chile.

El Tobalaba se definía a sí mismo como un cine arte, y su especificidad era la exhibición de buenas películas provenientes de una filmografía de países que llegan poco o nada a las salas chilenas. Luego de haber asistido a esa sala durante años, tengo la impresión de que su opción no decía tanto con una determinada estética cinematográfica, como con la intención de tener una oferta de cierta amplitud (a veces se daban cuatro películas diferentes en una semana) y casi única. Fue en esa sala semivacía la mayor parte de las veces que pude ver una película suiza divertida e inocente como Las Chicas de la Lencería, o una durísima historia de amor de tres adultos alemanes, heredera del ritmo, la luminosidad y los tipos de diálogos del cine de la Germania del este (Nunca es Tarde para Amar). Una de sus líneas más consistentes fue la exhibición de películas italianas, quizás debido a que el propietario del cine es descendiente de ‘tanos’. Allí estuvo durante bastante tiempo en cartelera La Meglio Gioventu y tantas otras. Pero por sobre todo vi la película rusa El Italiano, una emocionante y profunda historia filmada por Andrei Kravchuk el 2005.

¿Por qué un cine como el Tobalaba está condenado a tener un existencia precaria y terminar cerrando sus puertas?, ¿por qué sus pocos pares corren una suerte similar?, ¿cómo es que no hay una cierta cantidad de público en Santiago que esté interesado por el tipo de películas señaladas en el párrafo anterior y que le asegure a un cine un pasar, al menos, digno? Es una de las interrogantes que genera esta ciudad donde, cada vez más, lo que no es masivo queda casi de manera automática marginalizado y carente de un espacio propio. Es algo que sucede en el cine, pero también en todos los otros campos.

La tendencia y el movimiento a la uniformidad se ha agudizado entre los santiaguinos, y lo que resulta atractivo va congregando en torno suyo a un número cada vez mayor de personas, hasta que pierde su condición que es asumida por otra atracción con las mismas características. Lo que no es eso, lo que no está en ese centro, recibe la atención de unos pocos, muy pocos, y queda prácticamente abandonado. No hay un gusto por la diversidad, por la aquello que nos permite diferenciarnos de los otros y constituir nuestro propio fondo y forma.

El fin del cine Tobalaba tiene que ver con el escaso gusto por la diversidad que hemos aceptado que se nos vaya colando en la piel, aquella que nos lleva a asociar cine con alguno de los multicines y casi no nos detengamos a contemplar otras opciones; multicines que siguiendo las curiosas leyes de la competencia, y el sistema de que unos se compran a otros, han terminado por dar las mismas películas, cada vez más centrado en el mercado infantil y en aquellas de alta entretención para un vasto público.




            Redactó Nicolás Cruz, editor de la Página.