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Seminario Simon Collier 2010, Instituto de Historia Pontificia Universidad Católica de Chile, 2011, pp. 212.

 

Jaime Valenzuela M.
Historiador PUC., Chile



 

 

Es un privilegio, como historiador y como académico, presentar a la comunidad universitaria este conjunto de textos escritos por estudiantes del Instituto de Historia de la PUC., Chile. nuestro Instituto. Es la oportunidad, por cierto, de “tomar el pulso” a la creación científica de nuestros futuros historiadores, puesto que el concurso que hoy se premia con esta publicación se ha transformado, con el correr del tiempo, creemos, en la posibilidad de una constante evaluación y exposición de lo que se hace al interior del Instituto de Historia, en uno de sus ejes centrales  -la investigación-  y a través de los cursos anuales que están destinados para ello  -los seminarios-.
Y digo creación científica pues soy de aquellos que piensan que la historia, como disciplina de investigación y producción de conocimiento, se inscribe dentro de determinadas prácticas metodológicas, definiciones epistemológicas  -sobre todo en la costumbre ya generalizada del diálogo transdisciplinario-  y de ejercicios demostrativos que conforman una práctica propiamente científica.
Ahora bien, una presentación de este tipo también constituye un desafío, considerando que se trata de una compilación de textos heterogéneos en sus temáticas y cronologías, y donde muchos de sus contenidos escapan a la experticia de quien escribe.
La solución que hemos optado plantea una exploración transversal a partir de la definición de una serie de criterios, que permiten a su vez relevar los espacios comunes y las vías de comparación de estos seis escritos:


1.- Definición de un problema historiográfico y formulación de preguntas (hipótesis de trabajo) pertinentes y analíticas.
2.- Uso de fuentes primarias para sustentar la demostración de esas hipótesis y establecer con ellas un diálogo interpretativo más que una secuencia descriptiva.
3.- Diseño de una metodología adecuada.
5.- Elaboración de una narración coherente y sintética que de cuenta de esa demostración científica.

 

Felipe Soza, (“Tácito, Tiberio y el miedo. Una aproximación al uso de las emociones en la historiografía clásica”, pp. 145-177), nos introduce en el mundo “antiguo” a través del estudio de la historiografía producida en ese período y a partir del uso de un concepto: las “emociones”; específicamente el miedo –tópico que podríamos asociar a la “historia de las sensibilidades”, paradigma analítico desarrollado desde los ‘90.


El eje central del problema presentado por el autor parte de la representación que se tenía en la historiografía clásica respecto de la función que debía cumplir nuestra “disciplina”. Esto es, construir descripciones vívidas y empáticas de los hechos y personajes, para generar un impacto emotivo en los lectores; pero, a la vez, ellas debían ser descripciones no-neutrales, orientadas moralmente e “intervenidas” por el historiador para que aquella empatía fuese la base para influir en la opinión y generar cambio o refuerzo de actitudes sobre lo que se relataba. Opción que estaría nutrida de la íntima relación que existió en la antigüedad entre retórica e historia: la primera orientada, por cierto, a fines persuasivos y didácticos; y de la historia se debían desprender lecciones prácticas para los hombres…... y las mujeres.


A partir de lo anterior, Felipe Soza define su propio problema de estudio: el papel que habría jugado en Tácito (en particular en la construcción de una de sus más importantes obras históricas  -los Annales-), este objetivo persuasivo-concientizador. En particular, sobre la manera en que Tácito hace recorrer y alimentar con el sentimiento de miedo a todo el período y el personaje del emperador Tiberio.


El objetivo de Tácito  -convencido republicano- fue, entonces,  mostrar a Tiberio bajo el modelo de los tiranos descritos por otros autores y persuadir al lector de que la consolidación del imperio trajo un miedo permanente, que afloraba en todos los escenarios, con una recurrente tensión entre gobernante y gobernados que tiende a subrayar las consecuencias propiamente políticas de este sentimiento generalizado; y que Tácito finalmente lo hace depender del mismo Tiberio y de la institucionalización del principado, más allá de la prosperidad o crueldad del período.


El trabajo cuenta con una bibliografía actualizada y específica sobre el problema tratado, y plantea un diálogo permanente entre el problema, las hipótesis de trabajo y las fuentes primarias.


Paula Jiménez (“Franciscanos y educación: la escuela primaria conventual franciscana, 1810-1842”, pp. 45-76), define y construye un problema historiográfico  -la relación entre los franciscanos, el Estado  y las escuelas primarias-  a partir de un problema actual (quizás respondiendo al clásico llamado de Marc Bloch, de que la historia es presente y es el presente el que ilumina el pasado): la educación; en este caso, el origen y evolución del sistema educacional en Chile.


Destaca en el uso de sus fuentes primarias, a partir de lo que denomina como el “descubrimiento azaroso” de un documento: un oficio del provincial franciscano al ministro del interior, en 1832, respondiendo positivamente al decreto del gobierno sobre establecer una escuela de primeras letras en cada convento. Como dice la autora, esto “planteó una pista a seguir en relación con la existencia de escuelas franciscanas durante los inicios de la República e hizo emerger preguntas respecto de su desarrollo en las circunstancias que atravesó el país en las primeras décadas del siglo XIX”.


Es decir, la autora manifiesta la necesidad de contextualizar el documento, el antes y el después de sus repercusiones, y a partir de allí generar un problema historiográfico de proporciones más amplias que tiene que ver con los procesos de recomposición eclesiástica en la coyuntura post-independencia, del diseño e implementación local del proyecto de estado-nación que florecía por esos años a nivel continental y, finalmente, en la redefinición de las relaciones entre estos dos ámbitos luego del gran quiebre que se produjo con las guerras civiles de comienzos de siglo.


El trabajo contiene una excelente puesta al día de lo que ha dicho la historiografía sobre estos temas, en particular sobre la conjunción del objeto  -la educación-  y el sujeto  -los franciscanos-. También, una muy buena síntesis histórica de la  institucionalidad educativa franciscana para la Colonia.


Conviene subrayar el interés explícito que manifiesta la autora en el sentido de que su investigación pueda constituirse también en una propuesta metodológica, considerando que la preservación de los archivos conventuales permite acercarse a estos problemas a partir de sus gestores, en una reconstrucción histórica que no podría hacerse exclusivamente desde las fuentes estatales: “Este trabajo recorre así, y en su sentido más concreto, el camino desde el Archivo Nacional (-documentos del fondo Ministerio de Educación-) al Archivo Franciscano, con el fin de recuperar el diálogo entre los religiosos y el Estado en el problema particular del establecimiento de escuelas primarias”; aunque su ambición se advierte mucho mayor, permitiendo dar cuenta de los contextos políticos y sociales que rodean este asunto específico.

 

Al igual que el trabajo anterior, la investigación de Víctor Muñoz (“Cuando las bombas son de papel. Los trabajadores, el estado y la propaganda anarquista impresa(región chilena, 1915-1927)”, pp.77- 112), sobre los trabajadores, el Estado y la propaganda anarquista define sus preguntas desde el presente, a partir de lo que considera una renovada visualización del movimiento anarquista chileno en los últimos años; y también destaca por su uso permanente y pertinente de fuentes primarias: el autor escogió, para adentrarse en su objeto de estudio, la propaganda impresa por los anarquistas que circuló entre los trabajadores y estudiantes de la coyuntura escogida. En este sentido, resulta interesante la manera en que el objeto de estudio  -los textos impresos-  constituyen a la vez las fuentes con las cuales se analizará el sujeto  -los anarquistas-.


Es un desafío que el autor logra sortear bastante bien, sobre todo porque define una pregunta precisa para interrogarlas. Pregunta que busca definir un problema más general: la situación legal de dicha prensa y la relación entre ésta y el Estado: ¿Hubo tolerancia o represión por parte del Estado y, viceversa, desacato por parte de los anarquistas hacia el Estado, como se podría esperar a priori?


Para ello también acude a la documentación administrativa (leyes, decretos, oficios de intendencia, informes de policía) y judicial. Esta última se demuestra particularmente interesante, toda vez que en los procesos legales pueden encontrarse justamente los juicios incoados desde el Estado y, también, las respuestas discursivas y actitudes concretas diseñadas por el anarquismo local ante la institucionalidad estatal.


La coyuntura temporal es fructífera en la emergencia de nuevos actores sociales  -o, más bien, de nuevas discursividades y representatividades- y en conflictos: golpe de estado (conocido bajo el eufemismo de “ruido de sables”) y comienzos de la dictadura de Ibáñez.


El autor hace una detallada descripción de la evolución de la “institucionalización” de los anarquistas chilenos desde fines del siglo XIX y especialmente durante el período estudiado, incluyendo sus medios de propaganda y difusión de sus ideas, así como la inserción en las organizaciones laborales y estudiantiles. Leyendo estos antecedentes sin duda que llama la atención este “currículum” formalizador de un universo político que en su esencia sería anti-institucional, y que surge como una evidente contradicción. Contradicción frente a la cual habría sido interesante que el autor, además de constatarla, se hubiese hecho cargo de estudiarla, pues a mi juicio está directamente relacionada con el problema estudiado. Sin ir más lejos, el movimiento pronto pasó a llamarse “anarcosindicalismo”.


Entre sus conclusiones se destaca  -en lo que a mi juicio, sería un aporte al conocimiento de este movimiento ideológico y social- el haber constatado, a partir de las fuentes judiciales compulsadas, que estos anarcosindicalistas recurrieron a la legalidad para defenderse de las ofensivas estatales. “Es decir  -como apunta el autor-  su forma de zafarse de la justicia fue indicando que sus actos no atentaban contra las leyes del Estado y no, como podría esperarse de una doctrina que no reconoce las leyes, declarándose abiertamente subversivos”.


Y, en esa misma línea, demuestra cómo la relación de la propaganda anarquista con el Estado fue ambigua, variando entre la tolerancia y el conflicto; e incluso que la primera habría sido la práctica predominante, mientras que la represión se habría circunscrito a casos particulares.


En el plano del tema específico de esta investigación, ello se tradujo en que los anarquistas aceptaron las leyes de imprenta y las cumplieron -incluso enviando a la Biblioteca Nacional los ejemplares gratuitos que correspondían a cualquier publicación nacional-; mientras que, por el lado del Estado, sus autoridades permitieron que se difundieran sus impresos, pese a que postulaban la subversión del orden establecido.

 

Elisa Salinas, en su trabajo sobre la infancia en la mina de Sewell (“Sewell, el paraíso de los niños. 1940- 1970”, pp. 113-143), también apela en su inicio a la realidad actual de Chile, donde el cobre ocupa un lugar privilegiado del ingreso estatal y del imaginario colectivo. Su objetivo es explorar lo que fue la experiencia de vivir la infancia en un contexto de “pueblo minero”; es decir, de aquella especie de ghetto laboral, aislado geográficamente y autárquico en muchos planos, que constituyó el enclave cordillerano de Sewell. Asentamiento minero de propiedad norteamericana que ya hacia 1915 presentaba, a juicio de la autora, las características de un asentamiento urbano, habiendo cristalizado una complejidad espacial, administrativa e incluso social.

 

Con preguntas pertinentes y la selección de un objeto de estudio en plena evolución en la historiografía nacional  -la niñez-, la autora intenta, por una parte, reconstruir las actividades, miedos, percepciones y vida cotidiana de los niños de Sewell y, por otro lado, elucidar las medidas que implementó la compañía minera, el Estado y, en último término, la familia “sewelliana”(?) para la regulación de la vida de esos menores.


El contexto temporal escogido para la investigación plantea, por su parte, la riqueza de una coyuntura que experimenta un auge minero y culmina con Sewell alcanzando su mayor número de habitantes. Esta elección responde también, como sugiere la autora, a un criterio metodológico, en razón de las edades de los sujetos entrevistados.


Esto último constituye el nodo central del trabajo, confundiéndose permanentemente el sujeto de estudio  -los ñiños de entonces-  con las fuentes utilizadas  -los testimonios recordados-. En efecto, la investigación se basa fundamentalmente en el testimonio de los actores del período, independientemente de fuentes escritas contemporáneas (que si bien se incorporan, no lo hacen con el mismo equilibrio testimonial), centrándose en el método de la historia oral. Ello proporciona un acercamiento vívido y aparentemente objetivo, sin mediadores. No obstante  -y como la misma autora lo recuerda al final de su trabajo-  estos testimonios reflejan un ejercicio de memoria, por parte de personas adultas o, incluso, ancianas; y sabemos que la “memoria” en sí tiene su propia historicidad, en relación con la evolución etárea de los sujetos, lo que implica que los recuerdos son sometidos a constantes negociaciones, discriminaciones, selecciones, olvidos e idealizaciones; y que por lo tanto, en tanto fuente historiográfica, debemos someterla a los mismos ejercicios hermenéuticos y heurísticos que nos permiten tomar distancia, relativizar y comparar.


Esta carencia permea a través del trabajo, donde los testimonios pasan a ocupar un espacio de verosimilitud prácticamente indudable, y que incluso lleva a definir el título del artículo, catalogando a Sewell como “el paraíso de los niños”, según las palabras de una de las personas entrevistadas.


Contrasta esto con los mismos antecedentes proporcionados en el trabajo respecto de las condiciones habitacionales en que habría vivido la mitad de esos entrevistados, en los edificios segregados y destinados a la categoría “C” (según la trilogía socio laboral definida por los propietarios para los diferentes empleados del lugar); es decir, de los obreros. De hecho, uno de los testimonios señala que los departamentos de aquellos bloques eran muy pequeños, en la misma cocina estaba un living-comedor que se ocupaba normalmente como dormitorio y que era común que en la habitación matrimonial viviesen también los hijos. Otro recordaba que el único que tenía cama en su casa era su padre, y que no había baño dentro de los departamentos, sino que debían compartirlos por piso.


Hubiese sido interesante, entonces, que la historiadora detectara la contradicción evidente que se produce entre aquella realidad objetiva y los testimonios idealizadores del pasado infantil con respecto a la vida cotidiana, a la escuela y sus profesores, a la alimentación y hasta frente al clima extremo, pues esa contradicción es en sí objeto de estudio y podría responder a mecanismos no sólo psicológicos individuales sino también sociológico-identitarios, como se deja entender, por cierto, al anotar que aquellos “sewellinos” se siguen reuniendo y retroalimentando “corporativamente” sus recuerdos.


He dejado para el final los textos que están más cercanos a mi área de trabajo y, por lo tanto, donde me siento más cómodo a la hora de identificar el sujeto de estudio y su contexto. Además soy parte interesada porque me tocó guiar ambas investigaciones, así es que sin duda también tenderé a idealizarlos y tropezaré con la falta de distancia crítica que acabo de hacer notar en la investigación de Elisa.


Yohad Zacarías (“Y aún queda por ahí mucho indio: umbrales de movilidad y asentamiento para pueblos de inicios en Chile central, siglo XVII”, pp. 179-212) delimita desde un comienzo su problema de estudio: los traslados forzados de indígenas individuales, de grupos para turnos de trabajo (mitas) o de comunidades enteras entre espacios de asentamiento originario y focos laborales (minas, ciudad de Santiago, obrajes o estancias agro ganaderas), en función de los intereses y objetivos de sus encomenderos.


El trabajo releva la circulación frecuente, regular y omnipresente en Chile central de indígenas provenientes de diversos lugares, algunos muy alejados  -como los esclavos mapuches deportados desde la Araucanía, Osorno o incluso Chiloé-, que son movilizados y que muchas veces no regresan a sus lugares de origen. A veces ellos dan origen o contribuyen a alimentar demográficamente a “pueblos”, que básicamente constituyen agrupaciones de indios “reducidos” cerca de las estancias y minas, y que tienden históricamente a formar comunidad a partir de la tensión entre la homogeneidad de la mayoría de sus componentes y la diversidad de aquellos otros, migrantes y forasteros, que se integran por pertenecer a la misma fuerza laboral de sus “amos”  -nótese la connotación esclavista del término que utilizo, y que apunta a poner el acento en las prácticas sociales de las relaciones laborales coloniales más que en la legislación imperial-.


En esto podemos resumir el problema de base para las preguntas que realiza Yohad, apelando al uso intenso y profundo de las principales fuentes primarias que existen para dar cuenta del fenómeno  -las “visitas de indios”-, tratadas con notable agudeza interpretativa y rigurosidad metodológica y conceptual.


Lo que plantea la autora es que las movilidades permiten ejemplificar un sistema de prácticas y un precedente histórico del asentamiento de población que luego dará vida a los lazos que se formarán en torno a las haciendas y, posteriormente, a las ciudades fundadas durante el siglo XVIII en Chile central  -cuya ubicación, como acierta a recordarnos, dependerá en buena medida de la existencia de alguna agrupación humana previa, muchas veces de indígenas-.


En este plano, Yohad pone énfasis en la importancia que tuvo, en medio del “umbral” que sobrevuela la dicotomía movilidad/asentamiento, la posibilidad que brindó la emergencia de mecanismos comunitarios de cooperación y de reciprocidad para esquivar la solución de continuidad que amenazaba a las nuevas agrupaciones producto de la heterogeneidad de sus componentes. Los “mingacos” para las cosechas, así, permitieron tejer nuevas redes sociales, superar los desarraigos originarios y consolidar identidades colectivas asociadas a los nuevos espacios de asentamiento. Ello podría ser otro ejemplo de la “etnogénesis”, concepto aplicado por la etnohistoria a este tipo de experiencias, y que apunta a la generación de nuevas identidades étnico-comunitarias en contextos de invasión, desarraigo y recomposición colonial de los mundos amerindios.

 

En este mismo marco teórico y metodológico, y compartiendo también un objeto de estudio (los pueblos de indios), tenemos la investigación de Jeniffer Cerón (“¿Indios o mestizos? Un acercamiento a las prácticas y discursos del pueblo de indios de Pomayre (1768-1805)”, pp. 13-43), sobre las prácticas y discursos en torno al pueblo de indios de Pomaire, no obstante que se desarrolla un siglo más tarde y pone el énfasis en otro aspecto del proceso de etnogénesis colonial de los indígenas: sus estrategias subjetivas o condiciones objetivas que les permitían circular entre las categorías de “indio” y de “mestizo”.


Partiendo de la base de que el estado de “pureza”  -étnica, biológica o cultural-  es una falacia histórica y jurídica en contextos de movilidad e interetnicidad como los que se observan en Chile central colonial, la autora busca dar cuenta de los mecanismos que elaboraron o adoptaron los indígenas locales para resignificar sus identidades, costumbres e imaginarios con el fin de insertarse de mejor manera  -de forma “ladina”-  en medio de las compulsiones laborales, discriminaciones jurídicas, abusos e intersticios de posibilidades que ofrecía el contexto colonial.


En Jeniffer,  los indígenas son “actores activos”  -proactivos diríamos hoy-, que negocian implícita o explícitamente sus demandas. Y para dar cuenta de este problema, se fija dos premisas básicas, que constituirán los ejes de su demostración científica: a) Cómo, por medio de la vía legal o judicial, esos indios hicieron valer sus derechos; b) Cómo se construye discursivamente una etnicidad y las estrategias sociales para enfrentar y aprovechar el sistema dominante.


En este sentido, la autora incorpora conceptos, perspectivas de análisis, fuentes y métodos  que se encuentran en la vanguardia actual de la discusión historiográfica europea sobre las dinámicas sociales de los sujetos en contextos de dominación colonial (como era el caso de los habitantes amerindios bajo el imperio español). Se puede ver como ejemplo el mismo título del artículo, donde se busca contrastar “discursos” y “prácticas” en el contexto de las representaciones y acciones de los habitantes de un pueblo de “indios” de Chile central ante las pretensiones políticas y la legitimación  -o deslegitimación-  del cacique local.


El título, también, define otro componente de esta problemática que es a la vez política, social y étnica: este pueblo ¿estaría compuesto por indios o por mestizos?; y ¿qué significaba ser “indio” en las últimas décadas del período colonial?  Lo interesante como ejercicio historiográfico es que Jeniffer no pretende dar una respuesta definitiva sino aproximativa al problema, consciente de que se trata de una apuesta temática mayor, que requeriría una investigación de más largo aliento y un mayor acopio de fuentes. No obstante, eso no le impide aportar importantes y notables fragmentos analíticos que dan muchas más luces sobre el problema que lo que ella piensa. Y eso es posible, diría yo, por el cumplimiento cabal y disciplinado de los ejes científicos que proponíamos como malla de lectura al comienzo de estos comentarios.