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Presentación de la edición completa en español de Cosmos de Humboldt

 

Luego de su aparición en alemán entre 1845 y 1862, fue en 1874 que se publicó la primera edición del Cosmos de Humboldt en español, y sólo parcialmente, pues lo que su autor también llamó muy sencillamente un “ensayo de una descripción física del mundo”, sólo incluyó cuatro de los cinco tomos originales. Hubo que esperar 137 años para contar con una versión completa en castellano de esta obra cumbre del sabio prusiano.

La edición que hoy publicamos simultáneamente en Madrid y Santiago de Chile, es el producto de años de contactos institucionales, relaciones académicas y trabajos científicos desarrollados entre los editores que la hacen posible, los servicios públicos que la patrocinan y los estudiosos de la historia de la ciencia, y de la obra de Humboldt en particular, que participan de ella.

 

Han sido los trabajos de investigación en la perspectiva de la historia de la ciencia, lo que tienen ya su trayectoria a través de estudios y publicaciones de naturalistas y exploradores como José de Moraleda, Alejandro Malaspina, Claudio Gay, Rodulfo Philippi e Ignacio Domeyko, por nombrar sólo algunos de los que habiendo residido o escrito sobre Chile son los más citados y conocidos por Humboldt, los que han generado la posibilidad de formar parte de esta empresa editorial. Gracias al apoyo, financiamiento y patrocinio de la Pontificia Universidad Católica de Chile, el Fondo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, que valoraron estos trabajos, hoy presentamos a Humboldt en Chile a través de su obra cumbre.

No sobra recordar que durante su viaje americano entre 1799 y 1804, Alexander von Humboldt no alcanzó hasta América meridional, entonces la gobernación de Chile y el Virreinato del Río de la Plata. Más todavía, que al parecer nunca pensó visitar estas regiones pues, luego de su periplo americano, siempre sostuvo que sólo las regiones tropicales merecían ser visitadas. Así por lo menos pensaba en 1830 cuando el pintor viajero Juan Mauricio Rugendas estaba decidido a regresar a América y Humboldt le escribió alentándolo, pero advirtiéndole, “cuídese de las regiones de clima moderado de Buenos Aires y Chile, de las regiones boscosas, sin nieve ni volcanes, un pintor como usted ha de buscar lo grande”. Pero también en 1856 cuando al conocer los planes del naturalista Hermann Burmeister de viajar a los estados del Río de la Plata, le desaconsejó visitar aquellas regiones, aunque suavizó su juicio escribiéndole, “pero tampoco le censuraré si usted quiere recorrer las aburridas provincias australes”. Para Humboldt, la variedad de climas, gracias a las montañas, y de especies naturales que ofrecía el trópico, lo que lo llevaba a hablar de “zonas inmensas de rica naturaleza”, contrastaba con la “monotonía” de las regiones templadas. De ahí su posición que, por cierto, ratifica en el Cosmos.

Como es conocido, el periplo americano de Humboldt incluyó gran parte de América septentrional, desde la desembocadura del Orinoco en la actual Venezuela, hasta Lima, en Perú; en su ruta terrestre, a través de los Andes, transitó por Nueva Granada, hoy Colombia, y la Audiencia de Ecuador. También estuvo en Cuba, en la zona central de la Nueva España, hoy México, y en la costa atlántica de los Estados Unidos de Norteamérica. Fruto de estas experiencias son sus clásicos Ensayo político sobre el reino de la Nueva España y Ensayo político sobre la isla de Cuba; así como un fragmento de su desplazamiento americano publicado como Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente. Éstos, junto a sus diarios de viaje, sólo parcialmente publicados en español, y trabajos como Cuadros de la naturaleza, Ensayo sobre la geografía de las plantas, Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, Historie de la géographie du nouveau continent et des progres de l’astronomie nautique aux XVe et XVIe siécles, además de su correspondencia, entre la que se cuentan sus Cartas americanas, representan lo más conocido de su producción científica e intelectual.

La evidencia sobre la falta de interés de Humboldt por las zonas templadas es contundente. Pero hay testimonios que muestran que tal vez, de haberse dado la oportunidad, hubiese alcanzado latitudes más altas en América del Sur. A Benjamín Vicuña Mackenna le explicó  en 1855 que en la Lima de 1802 “habían muy raras oportunidades para venir a Valparaíso”. Mientras que poco después, en 1857, a Vicente Pérez Rosales le escribió que estando en Perú, “he sentido mucho no haber podido penetrar más lejos hacia el sur”. Tal vez sólo palabras de buena crianza para dos fervientes admiradores chilenos que no sólo le remitían sus obras o peregrinaban para entrevistarse con él, sino que estaban absolutamente conscientes, como lo escribe Vicuña Mackenna, que Humboldt era tal vez “el primer hombre de su siglo”, y que el Cosmos era “el compendio perfecto de todo lo que la inteligencia humana ha producido”.

En Chile, Alexander von Humboldt y su obra científica, a nivel de público general, son prácticamente ignorados. Sólo ocasionalmente se asocia su nombre con la corriente marina que, naciendo en el círculo polar antártico, se desplaza frente al litoral chileno y peruano en dirección al ecuador terrestre. Sus textos son prácticamente inasequibles, y ni siquiera recientes recopilaciones de algunos de ellos, como la de David Yudilevich bajo el título de Mi viaje por el camino del inca, han hecho cambiar este panorama.

En Argentina, el nombre de Humboldt es más reconocido pues está relacionado con el de su compañero de viaje, el botánico francés Aimé Bonpland quién, una vez concluido el viaje de ambos en Europa, decidió regresar a América, particularmente al Río de la Plata, región en la cual, y en medio de diversas y en ocasiones dramáticas circunstancias, residió hasta su muerte en 1858. La edición de algunos de los libros más atractivos de Humboldt, como el Viaje a las regiones equinocciales, y la vocación decididamente más cosmopolita de los rioplatenses ha contribuido a su conocimiento. Pese a lo cual, y al igual que en Chile, pero a diferencia de Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela y Cuba y, especialmente, de México, no es una figura que haya atraído la atención de los estudiosos. Tal vez porque hasta ahora el hecho de que Humboldt no viajara hasta estas latitudes había impedido apreciar la influencia que su práctica científica, pensamiento y monumental obra tuvo en los naturalistas, artistas e intelectuales que exploraron América, representaron su naturaleza y sociedad, y pensaron sobre su destino a partir de su experiencia en estas regiones.

Hoy, cuando la historia de la ciencia ha permitido renovar los estudios sobre la obra de naturalistas como Agustín Codazzi  en Venezuela y la Nueva Granada, Claudio Gay en Chile, Alcide d’Orbigny en Bolivia, o la de Antonio Raimondi en relación al Perú y la de Hermann Burmeister sobre los estados del Plata, se puede apreciar el papel determinante que éstos tuvieron en el reconocimiento científico de los países que exploraron, pero también la huella que en ellos dejó la obra del sabio prusiano. Si todos siguieron más o menos fielmente el modelo científico practicado por Alexander von Humboldt, no debe extrañar que el resultado de sus investigaciones avalara la existencia de los estados nacionales. Ellos, en su afán por abarcarlo todo y conocer los ambientes, especies y recursos naturales de los territorios bajo la soberanía de las noveles repúblicas objeto de su preocupación, terminaron justificando apasionadamente su existencia, legitimando científicamente su viabilidad económica, pero también identificando las características sociales y culturales de las unidades políticas nacionales. De este modo, si Humboldt  después de sus investigaciones por el mundo fue capaz de concebir el Cosmos, los naturalistas y exploradores como Codazzi, Gay, d’Orbigny, Raimondi o Burmeister, al describir precisa y exactamente los territorios objeto de sus estudios e investigaciones, contribuyeron a la creación, desde el conocimiento científico, de las nuevas repúblicas sudamericanas que definieron entusiastamente a través de textos devenidos en verdaderos certificados de identidad de las nuevas unidades políticas, a la vez que fundamentos culturales e intelectuales de las respectivas naciones.

Múltiples son las pruebas del ascendiente de Humboldt sobre los naturalistas, viajeros y artistas que cruzaron y trabajaron en América a lo largo del siglo XIX, unas más explícitas que otras, pero siempre presentes en los trabajos y obras de éstos. Mientras algunos lo reconocieron abiertamente como Claudio Gay; otros escribieron frases en que su influencia es evidente, como lo demuestra Rodulfo Amando Philippi en un párrafo inspirador, que resume bien el ideario humboltiano y que estimula la lectura del texto que presentamos: “el estudio de la naturaleza, la contemplación de sus varios productos será siempre una fuente inagotable de los goces más puros, que nunca dejan remordimientos y no despierta jamás pasiones mezquinas”.

Para los lectores poco familiarizados con Humboldt y su obra, particularmente el Cosmos, y sólo complementando los estudios que acompañan esta edición, en los cuales se encontrarán estimulantes interpretaciones sobre este libro fundamental, es preciso atender al propósito esencial que Humboldt tuvo al escribirlo. Sin duda es una “descripción física del mundo”, una mirada totalizadora de fenómenos y elementos hasta entonces dispersos, lo que ya representa un aporte sustantivo, pero sobre todo, es un llamado a conocer, comprender, contemplar y disfrutar, el mundo natural; tanto en su dimensión terrestre, como celeste. El propósito es evidente ya en las primeras líneas de la introducción del Cosmos que Humboldt subtitulo “Consideraciones sobre los diferentes grados de goce que ofrecen el aspecto de la naturaleza y el estudio de sus leyes”.

Para Humboldt la naturaleza “es el reino de la libertad”, un ámbito que sólo puede ofrecer satisfacciones si se considera la relación existente entre “el estudio de los fenómenos físicos y su influencia general sobre los progresos intelectuales de la humanidad” pues, en definitiva, “penetrando en los misterios de la naturaleza, descubriendo sus secretos, y dominando por el trabajo del pensamiento los materiales recogidos por medio de la observación, es como el hombre, sentencia el científico, puede mejor mostrarse más digno de su alto destino”. Para el sabio, además del “encanto” que provoca la “simple contemplación de la naturaleza”, su estudio, “el trabajo del pensamiento”, hace posible “el goce que nace del conocimiento de las leyes y del encadenamiento mutuo de los fenómenos que la conforman”, que es, precisamente, lo que ofrece en el Cosmos.


Verdadero alegato a favor de la ciencia y del estudio de la creación a través de la observación fecundada por el razonamiento, el “empirismo razonado”, la obra de Humboldt representa no sólo un esfuerzo por sistematizar el conocimiento de su tiempo sobre la naturaleza, el Cosmos; además, pero esencial para él, un notable intento por mostrar el papel que el conocimiento de la realidad natural puede tener en la vida de las personas. “Quiero persuadirme, escribió, que las ciencias expuestas en un lenguaje que se elevará a su altura, grave y animado a la vez, deben ofrecer, a los que encerrados en el círculo estrecho de los deberes de la vida se avergüenzan haber sido largo tiempo extraños al comercio íntimo de la naturaleza, y de haber pasado indiferentes delante de ella, una de las más vivas alegrías que pueden experimentarse, la de enriquecer el entendimiento con nuevas concepciones”. Cierto, Humboldt jamás estuvo en América meridional, nunca estuvo en Brasil, el Río de la Plata o Chile; pero la realidad natural de esta porción de América no fue desconocida para él. La misma, con sus selvas tropicales, pampas y cumbres andinas, contribuyó  también a dar forma a la obra que presentamos. En el lector está  la oportunidad de conocer cómo y, de paso, gozar y dejarse impresionar por el Cosmos.

 

 

Rafael Sagredo, Dirección de Archivos, Bibliotecas y Museos de Chile. Profesor PUC., Chile