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El problema nacional, ayer y hoy

 

Pablo Toro Blanco, Historiador, Universidad Alberto Hurtado

 

 

 


En variadas ocasiones resulta afortunada la concurrencia de intereses entre la empresa privada y la academia. La iniciativa de la Cámara Chilena de la Construcción, la Pontificia Universidad Católica y Dibam de llevar a cabo la publicación de una Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile ha permitido que textos claves para problemas públicos de gran importancia vuelvan a ver la luz, editados impecablemente tanto en lo material como en la calidad de sus estudios introductorios. En el caso que nos ocupa, cabe celebrar que las palabras vibrantes y los diagnósticos certeros de un intelectual comprometido con la educación chilena como fue Darío Salas (1881-1941) puedan ser puestos de nuevo en circulación, sobre todo en un contexto como el que ha vivido nuestro país durante 2011. Un estudio preliminar, escrito brillantemente por Sol Serrano, entrega valiosa información para situar al lector en el momento de aparición (1917) de El Problema Nacional. Bases para la reconstrucción de nuestro sistema escolar primario, a la vez que nos adentra en el destacado papel profesional, gremial y académico de Darío Salas. Cumple también con la misión de introducir una reflexión de suma importancia historiográfica y política tanto para comprender las discusiones de esa época, en que se promovía la aprobación de una ley de obligatoriedad de la instrucción primaria, como para entender los vericuetos de las polémicas actuales sobre la educación: analiza el papel que les cabe a los especialistas y técnicos, un rol público en construcción en la época de Salas y actualmente consolidado, quizás en nuestros días en un grado tal que puede mover a preguntarse si es posible que la voz de distintos actores sea escuchada a la hora de la toma de decisiones cruciales.


¿Qué hace que un texto como el de Salas ofrezca todavía múltiples ángulos para ingresar no solamente a problemas de su tiempo sino que a urgencias presentes? Muchos factores pueden explicar la actualidad de El Problema Nacional, ciertamente. Al recorrer sus páginas, enriquecidas en la edición que comentamos por interesante material fotográfico de la colección del Museo de la Educación Gabriela Mistral, es posible encontrar discusiones sobre temas crónicos de la organización del sistema educacional en Chile: financiamiento, cobertura, gestión, orientaciones curriculares, entre otros. Una lectura desaprensiva del texto podría arrojarnos a una conclusión desesperanzadora: nada ha cambiado en nuestro país después de un siglo de esfuerzos por construir un sistema educacional con cobertura universal, que sea atento a las prioridades económicas y sociales de la modernización y a los valores políticos de la democracia. Si hoy se levantan quejas acerca de la insuficiencia del financiamiento para las escuelas públicas, lo mismo sucedía a inicios del siglo XX.
         

La insatisfacción frente a la supuesta mala preparación profesional de los docentes, esgrimida con fuerza por ciertos sectores políticos y académicos y que es resistida corporativamente por los organismos gremiales del profesorado, también ha sido un elemento denunciado en el debate del cual Salas se hizo parte con su libro. Con todo, las expresiones de un cierto sentido común al estilo “nada nuevo bajo el sol” o “todo tiempo pasado fue mejor” (usualmente huérfanas de mirada histórica) pueden ser conjuradas gracias al reconocimiento en paralelo de la familiaridad y la extrañeza de los problemas denunciados por Salas y aquellos que hoy animan el debate educacional. El propio autor, ponderado en sus juicios y atento al inevitable lazo entre proyecto de futuro y herencia del pasado, cuando inaugura su crítica al sistema escolar existente a inicios del siglo XX no duda en reconocer que los cambios necesarios se edifican sobre importantes avances precedentes, un “activo” que valora identificando como uno de sus síntomas la expansión significativa del sistema escolar entre 1865 y 1915. A partir de ello, junto con el reconocimiento de que se ha establecido mecanismos de formación profesional de los docentes cada vez más elaborados gracias a las reformas educacionales de las décadas precedentes (desarrollo de las Escuelas Normales y fundación del Instituto Pedagógico), es que Salas aborda los desafíos del “pasivo educacional” de Chile: rentas, dirección, escasez de oferta suficiente y mecanismos para allegar a la población a la escuela.
           

Si bien el objetivo estratégico del texto parece apuntar hacia el establecimiento de un mecanismo de instrucción primaria obligatoria (se recoge en los anexos una moción parlamentaria apoyada por Salas), es interesante apreciar que la riqueza de temas que ocupan la atención del autor es sugerente de cara a un diálogo con el presente. Señalamos esto en la medida que varias de las preocupaciones de Salas parecieran estar resueltas en lo medular en la actualidad, independientemente de los grados de acuerdo social con que cuentan o de la pertinencia técnica que las avala (como, por ejemplo, la garantía del derecho a la educación bajo un régimen de provisión que no tiene estándares aceptables desde el punto de vista de la igualdad). Sin embargo, hay también en El Problema Nacional algunos temas, quizás subordinados o complementarios de acuerdo a las prioridades de su época, que no han perdido su vigencia (a pesar de estar, naturalmente, condicionados por un contexto muy diferente) o que hoy concentran un mayor nivel de preocupación en la opinión ciudadana y las políticas educacionales. Es en este sentido que el texto de Salas se convierte, de acuerdo a la lógica de la familiaridad y la extrañeza, tanto en un reporte o documento panorámico de un tiempo ido como también en una plataforma para pensar nuestros propios y urgentes problemas nacionales. Así, por ejemplo, sucede con dos asuntos que Salas considera, entre otros, como deudas propias del enorme pasivo del sistema educacional chileno de su época: la educación para adultos y la orientación global de la enseñanza bajo el amparo de la democracia como fin de la educación.
           

Respecto al primer punto, Salas señala la necesidad de promover instancias que garanticen tanto la educación suplementaria (o sea, la que habilita básicamente a los adultos que no han tenido experiencia escolar o que la han abandonado) como la complementaria (vale decir, aquella que les permite agregar capacidades cada vez más complejas para un mejor desempeño en “la lucha por la vida”). Probablemente, en nuestros días la primera de estas categorías, bajo las premisas de la época de publicación del texto que comentamos, ya no concita mayor preocupación en las políticas educacionales. Pese a ello, cabe reflexionar respecto a cómo todavía algún sentido de la educación suplementaria (si se transfiere el sentido de alfabetización que ella comporta) sigue siendo un ítem del pasivo de la educación chilena de hoy en día, dado que es evidente que existe una brecha digital entre grupos sociales y etarios distintos que no ha sido todavía cerrada, pese a esfuerzos de política pública como el programa Enlaces o la formulación (en nuestros días muy en riesgo) de una política digital a nivel país. Por su parte, aquello que podría corresponder en la actualidad a la educación complementaria que Salas pensaba como necesaria para la promoción de una mano de obra cada vez más calificada y acorde a patrones de desarrollo económico más complejos (en el horizonte soñado de un país industrial) hoy podría entenderse como la educación continua, tanto en el nivel técnico como también en otros campos de destrezas. En un paradigma económico que ha desplazado el foco de riqueza desde la posesión y transformación de materias primas hacia formas de organización basadas en la fluidez del capital y en el soporte de la información y la creación de contenidos con base en desarrollos tecnológicos en constante expansión, es difícil imaginar que una política educacional no la tenga en un lugar importante de sus preocupaciones. Dimensionando las diferencias de época, es sugerente el interés de Salas para nuestros propios propósitos como país, casi un siglo después.
           

En relación al segundo asunto, el fin de la educación, es interesante apreciar que Salas es uno de los más destacados puentes intelectuales a través de los que llega a Chile la difusión de principios educacionales que ligan estrechamente a escuela y democracia, representados en la figura señera de John Dewey, de quien Salas recibió influencia directa. En una época en que la fascinación por los avances de la ciencia convivía con los miedos por el incierto destino del equilibrio mundial (que finalmente colapsaría en los campos de batalla en Europa desde 1914), la dimensión productiva asociada a la educación no parecía hacer palidecer o  menoscabar a la función social y política de la escolarización. Sin pretender plantear falsas antítesis (ya que no parece haber educación que pueda suprimir alguna expresión de ambas metas de la formación socialmente organizada de las naciones) sí es posible detectar formas o propuestas que se basculan más hacia uno u otro campo, lo que puede involucrar un empobrecimiento de dimensiones importantes de la existencia. No parece haber sido el caso de nuestro autor, apegado a la idea de “eficiencia social” que guiaba su pragmatismo filosófico. Así, Salas postulaba fervientemente la necesidad de que la enseñanza cumpliera con la tarea de “hacer sentir y comprender a los futuros ciudadanos, que la patria, aparte de lo que ella materialmente significa, es un símbolo y un lazo: un símbolo de nuestra resolución de perseguir la felicidad, viviendo todos para cada uno y cada uno para todos, y un lazo que nos liga a la vez con el pasado y con el futuro, obligándonos solidariamente a respetar la tradición de nuestros muertos y a asegurar a los que han de vivir tras de nosotros una vida mejor” (p.203).

 

En una época en que muchas de las referencias que guiaban los sueños de Darío Salas de un mejor sistema de educación para Chile han tendido a desvanecerse o licuarse, resulta quizás más necesario que nunca dotarse de herramientas de comprensión plurales de la realidad. Más allá del tributo de las políticas educacionales actuales a marcos lógicos y a lecturas unívocas de la realidad, construidas desde la atención exclusiva a las fuerzas del mercado, es importante cultivar la idea de que la memoria social e histórica puede ser un elemento de análisis valioso para construir políticas de lo público. Así, no cabe sino agradecer que esta nueva edición del clásico texto de Darío Salas nos entregue, gracias al diálogo con el pasado, claves de interpretación para nuestro propio y acuciante problema nacional.