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¿Pero, cómo fuiste Nefertiti? Sobre la belleza de la reina y un apunte de Naguib Mahfouz.

 

El número reciente de la excelente Historia National Geographic (nº 66) trae una interesante noticia sobre Nefertiti, la mujer más hermosa del Egipto Antiguo, esposa de Akhenatón, faraón que intentó una profunda reforma religiosa en su tierra. Según los investigadores  del Instituto de Ciencias Radiológicas de Berlín, la escultura en piedra que ha hecho de la reina un paradigma de belleza de todos los tiempos, representaría una idealización de su rostro logrado mediante el trabajo sobre varias capas de estuco hasta alcanzar los resultados deseados en cuanto a la tersura de su piel, pómulos pronunciados y la perfección en la comisura de los labios.

En principio, no debiera extrañar que se intentara un embellecimiento del modelo, tal como ha sido practicado por el arte de todos los tiempos cuando se ha hecho concurrir en una persona el ideal de belleza de una época (período de Amarna, siglo XIV a.C.). Debe tenerse en consideración, además, que este rostro de Nefertiti fue concebido como modelo de los varios que debían esculpirse y ser repartidos por todos los lugares del Egipto antiguo, de ahí que junto a sus perfecciones figuren los arreglos pendientes, tal como se puede apreciar al observar los ojos y las orejas de la reina.

Los científicos berlineses, ciudad en la que se encuentra la pieza, trabajan desde hace tiempo en la búsqueda del verdadero rostro de Nefertiti, la reina más famosa de Egipto junto a Cleopatra. Sus resultados deberán lidear con la arraigada imagen de su extraordinaria belleza que ha sido cultivada a lo largo de los siglos tal como aparece en los múltiples relatos y descripciones con que contamos. Naguib Mahfouz, el novelista egipcio que recibió el  premio Nobel, en su Akhenatón, la describe en el inicio del relato en los siguientes términos: “Era delgada, hermosa, magnífica, su espalda no se inclinaba bajo el peso de cuarenta años de penas y decepciones”. Hacia el final, el personaje Miri Mon se despide ella con estas palabras: “La dulce voz se desvaneció después de aquel esfuerzo, y mi señora enmudeció, triste, noble y desafiante. Me despedí con una gran reverencia y me fui muy a mi pesar, con el corazón lleno del perfume de su fascinante belleza y de los cuativadores recuerdos”.