El Hombre que Amaba a los Perros, de Leonardo Padura (Tusquets Editores, 2009, pp. 573.)
Dos galgos rusos le sirven de excusa a Iván, joven cubano aspirante a escritor, para abordar a López, un misterioso extranjero que pasea a sus perros una tarde de 1977 en una playa de La Habana. En los sucesivos encuentros entre ambos, y siempre bajo la atenta mirada de un silencioso vigilante, el extranjero convertirá a Iván en el depositario de extraordinarias confidencias acerca de la vida de Liev Davídovich Bronstein, más conocido como Trotski, y de su futuro asesino, Ramón Mercader, de quien conoce detalles muy íntimos. Diecisiete años más tarde, a la muerte de su mujer, Iván se decide a poner por escrito los secretos de “el hombre que amaba a los perros”; una historia que en sus propias palabras, lo eligió a él para salir a la luz.
Es así como el escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, 1955) nos involucra en los destinos de estos hombres a través de tres voces narrativas paralelas. La primera, autobiográfica, es la voz de Iván, el alter ego del autor, que nos habla desde su desgracia personal en medio de la debacle material y existencial en que está sumida Cuba en 2004, a más de una década de la caída de la Unión Soviética. Las otras dos voces narran, en tercera persona y separadamente, las historias de León Trotski y de Ramón Mercader del Río. Lejos de confundir, esta estructura nos permite conciliar cosmovisiones tan distintas como pueden ser la de un cubano contemporáneo, un ruso de principios del siglo XX y un catalán algo más joven.
Como destaca el autor, esta es una novela que está construida “sobre el filo de la especulación a partir de lo verificable y de lo histórica y contextualmente posible”. Es una ficción, pero los personajes reales y las circunstancias están rigurosamente respaldados por una investigación acuciosa hasta en los más mínimos detalles. Veinte años de indagaciones, lecturas y reflexiones fueron necesarios para darle forma, desde la primera vez que Padura viaja a México a conocer la casa museo de Trotski en 1989, hasta el momento de su publicación, en 2009.
El resultado es que Padura resuelve las interrogantes históricas con tanta puntería e imaginación, que al leer se tiene la certeza de que las cosas pudieron, efectivamente, haber ocurrido así. Pudo ocurrir el encuentro fortuito entre el asesino de Trotski refugiado en La Habana y un ex aspirante a escritor cubano, un día cualquiera en una playa de Habana del Este. Ni qué decir de las historias de Trotski y Mercader. Por obra y gracia de Padura, nos metemos bien adentro de las mentes y los cuerpos de los protagonistas. Pasamos frío en Siberia con Trotski, y sufrimos sus penas en cada país al que se ve forzado a trasladarse, acorralado por la persecución implacable de Stalin.
Paralelamente, acompañamos a Ramón Mercader en el lento y degradante proceso de convertirse en agente de Operaciones Especiales del NKVD, antecesor del KGB, y nos familiarizamos con las múltiples personalidades que asume. Al igual que ocurre con Trotski, penetramos en la psiquis de Ramón Mercader; odiamos-amamos a su dominante madre y deseamos a la esquiva y militante África, pero sobre todo, compadecemos terriblemente al pobre Ramón. Y es que algo que sorprende y atrapa en esta novela es la presencia vital de todos los protagonistas.
Pocas veces se tiene la oportunidad de alternar con personajes históricos de manera tan humana, tan palpable y cotidiana como ocurre en este relato. Una de las consecuencias más inmediatas de la lectura de estas páginas es que, una vez finalizada, muchos correrán a buscar las biografías de algunos de los personajes. Aunque Padura no toma partido por ninguno, nos hace quererlos a todos, y nos preocupa su suerte más allá de toda consideración ética. A tal punto se crea empatía tanto con la víctima como con su victimario, que deseamos con igual fuerza tanto que Trotski escape a la muerte como que Mercader cumpla su misión. Y aunque conocemos de antemano cual será el fin del cuento (al menos para Trotski) vivimos en suspenso cada página y estamos cada vez más ansiosos a medida que se acerca el desenlace fatal.
Este ritmo decae al final del relato. La inclusión de una cuarta voz, que no aparece sino hasta el epílogo de la historia, resulta confusa, y no se justifica esta distorsión de la estructura narrativa tan solo para que nos enteremos, por boca de su mejor amigo, del final de Iván y el destino de sus escritos sobre el hombre que amaba a los perros. Por otra parte, las reflexiones sobre el desengaño del proyecto socialista en Cuba y el mundo, que en la voz de Iván nos resultan empáticas, se convierten en peroratas cansonas y repetitivas en las largas conversaciones donde Mercader, ya en libertad y refugiado en Moscú, conversa con su antiguo jefe, el ex súper agente soviético de múltiples nombres.
Padura no escatima en reflexiones. La novela está llena de análisis políticos e históricos sobre lo que vino después del derrumbe de los llamados socialismos reales, y a veces no sabemos si el que habla es uno de sus personajes o el mismo autor, que ha decidido hablarnos directamente, de la misma forma que el actor mira a la cámara y por un momento abandona su rol para encarar al espectador. Pareciera que no le alcanzaran las voces para tanta desilusión y amargura, y es que esta historia está escrita, ante todo, desde el derrumbe de los sueños y las certezas de varias generaciones de cubanos, y especialmente, de los que dedicaron lo mejor de sus vidas a construirlos.
Es común encontrar, en la literatura cubana producida después de los 90, historias de derrotas, personales y colectivas. Se ha creado un público cautivo (extranjero, y español sobre todo) que gusta de consumir relatos del tipo que han popularizado escritores como Pedro Juan Gutiérrez, en los que los cubanos son retratados como seres degradados material y moralmente en un mundo del sálvese quien pueda. Allí encontramos que todos los valores se han relativizado, y los héroes de estas historias son sobrevivientes que no dudan en prostituirse para encontrar algo de comer, y lo hacen, eso sí, alegre y caribeñamente, sin culpas.
El Hombre que Amaba a los Perros también es una historia de fracasos, pero la derrota no tiene aquí nada de caribeño ni alegre. Todo lo contrario. Agobia y oprime el pecho. En ese sentido, este es un relato muy poco cubano, si apelamos a la acepción más turística de la palabra, y no hace ninguna concesión a la postal de la isla que todo el mundo, empezando por los mismos cubanos, insiste en vender. Pero lo que si podemos asegurar es que nunca un lector no cubano habrá estado más cerca de comprender eso que llamamos la realidad, en este caso la realidad cubana, que después de leer esta novela.
Esta es de esas historias que provocan reflexión, y mucha discusión. Porque al final, lo que unifica y da sentido, lo que hace que los destinos de Trotski, Mercader y el propio Padura en la forma de Iván confluyan en un mismo relato, es mucho más que una serie de acontecimientos fortuitos. Al final, todos ellos buscaron transformar su mundo para mejor, y empeñaron sus vidas en ello. Uno podrá o no estar de acuerdo con sus opciones, pero no puede dejar de admirarlos, quererlos y compadecerlos.
Redactó: Camila Krauss, Tesista Licenciatura en Historia, Universidad Alberto Hurtado
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