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Fábio Vergara Cerqueira & Maria Aparecida de Oliveira Silva (eds.), Ensaios sobre Plutarco. Leituras Latino-Americanas. Laboratório de Ensino e Pesquisa em Antropologia e Arqueologia. UFPel. Pelotas 2010.


Pilar Gómez Cardó
Universidad de Barcelona


 

Quiero, en primer lugar, agradecer a la organización de este Simposio que me haya ofrecido la posibilidad de presentar hoy este nuevo libro sobre Plutarco cuya lectura ha constituido para mí un auténtico privilegio, además de un placer.


Aunque los editores de la publicación, Fábio Vergara Cerqueira y Maria Aparecida de Oliveira Silva, escriben en el prólogo cuál es el objetivo fundamental del volumen, ya su título es del todo revelador: se trata de una muestra de los trabajos –de ahí Ensaios– que sobre Plutarco se vienen haciendo a este lado del océano. Hemos trascendido así el Mare Nostrum a orillas del cual vivió Plutarco en una época que, a diferencia de la llamada época clásica de la cultura griega, se caracterizó ya por ser, diríamos en términos modernos, global, habida cuenta de que el dominio romano en lo político sobre un vasto territorio, el Imperio romano, trajo pareja consigo una definitiva expansión cultural del helenismo, consolidando un proceso que, en ultima instancia, remonta a Alejandro el Grande. Ahora, con estas Leituras latino-americanas podrίamos decir que la οἰκουμένη del s. I y II d.C. era ya entonces mucho más amplia. Eso en lo que afecta a la extensión estrictamente geográfica –digamos–, pues, como afirma el profesor Brandâo en el “Prefácio”, Plutarco fue uno de los autores clásicos más leídos en el Renacimiento, justo después de la llegada de los europeos a estas tierras de acá y, por lo tanto, lógico parece que aquellos lo trajeran, de uno u otro modo, en su equipaje.

Por otra parte, el carácter poliédrico y plural de Plutarco también se halla bien representado en este libro que recoge aportaciones y estudiosos de nueve universidades latino-americanas, pertenecientes a cuatro países –Argentina, Brasil, Colombia y México– y once artículos redactados en las dos lenguas que, procedentes de la Hispania romana, se hablan en este continente austral, pues seis de ellos están escritos en castellano –corresponden a las contribuciones de la Universidad Nacional del Litoral, a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, a la Universidad Nacional Autónoma de México, a la Universidad de los Andes– y cinco en portugués –corresponden a la Universidade Estadual Paulista, a la Universidade Federal de Pelotas, a la Universidade Federal do Paraná, a la Universidade Federal Fluminense, Pontificia Universidade Católica/RS–, amén del “Prefácio” firmado por el profesor Jacyntho Lins Brandâo, de la Universidade Federal de Minas Gerais.

En cuanto a contenido, Moralia y Vidas paralelas no se reparten por igual la atención de los autores del volumen, ya que de los once artículos sólo cuatro textos toman como objeto los βίοι, orientándose dos de esos artículos desde la perspectiva de la tradición clásica y de la pervivencia y presencia plutarquea en autores de otras épocas y lugares, mientras que los siete restantes se ocupan de alguno de los innumerables y variados tratados que configuran el corpus de escritos plutarqueos quizá mal llamados –por ser denominación insuficiente y demasiado sesgada– obras morales.

Hay que señalar además que la aproximación multifocal que permite siempre la obra del polígrafo de Queronea facilita asimismo que no sean sólo helenistas o latinistas quienes se interesen por nuestro autor sino también especialistas de otras disciplinas afines como la historia o la filosofía, también presentes en este libro.

Antes de dar detalle de cada uno de los trabajos aquí incluidos, creo que es importante afirmar primero que no estamos ante una obra sólo miscelánea, ya que la lectura de conjunto permite descubrir en ella dos aspectos que, subyacentes a lo largo de sus páginas, le dan cohesión y, por lo tanto, configuran este libro, cuya oportunidad además justifican. El primero de ellos tiene que ver con una reiterada presencia del término y concepto de ‘identidad’ a la hora de abordar el estudio propuesto; concepto éste de tamaña importancia en la coyuntura histórica de Plutarco, pues no es cuestión irrelevante plantearse si y cómo se podía (o ¿se debía?) seguir siendo griego en el Imperio romano, o qué significaba serlo. Intentar dar respuesta a esta cuestión, desde diversas perspectivas y basándose en diversos autores y manifestaciones, constituye el hilo conductor de numerosos trabajos, e incluso algún encuentro, que en los últimos años se han llevado a cabo por parte de quienes nos interesamos por el período de la cultura griega de época imperial romana.

En segundo lugar, recalcaría que las obras aquí estudiadas –tanto tratados de Moralia como Vidas paralelas– son objeto de atención per se, de modo que queda fuera de horizonte, en este volumen, la idea de un Plutarco puramente transmisor –aun siendo ésta una faceta del queronense insoslayable y a menudo digna de ser considerada. En cambio, el esfuerzo se centra aquí en reivindicar a Plutarco mismo sea como pensador, literato o escritor, y, por lo tanto, también entra en juego la reivindicación de su originalidad –aunque a muchos pueda parecer esta palabra un oxímoron si se aplica al de Queronea. Al mismo tiempo, esa forma de aproximarse al texto de Moralia o de Vidas paralelas sirve para reconocer en las obras de Plutarco una muestra válida por ella misma de la actividad intelectual de cuño griego bajo la entidad política de Roma en los primeros siglos de nuestra era, por parte precisamente de un autor que, como señalan los editores de este volumen, conocía las obras de griegos y romanos tales como Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca y otros autores que contribuyeron al enriquecimiento de sus reflexiones y a la marca erudita de sus escritos. De este modo, podemos añadir, Plutarco mismo daría testimonio de lo que entendemos por tradición clásica occidental. Este adjetivo queda hoy y aquí más que nunca acreditado, pues “europea” es una calificación a todas luces ya insuficiente con esta colecta interdisciplinar que quiere arrojar luz propia desde la “singularidad de nuestras lecturas” afirman los editores “y la pluralidad de nuestras ideas”, justificándose así estas Leituras latino-americanas por el distanciamiento geográfico, que no cultural, de la vieja Europa y por el contacto con otras culturas.

Ya en la primera de las aportaciones, la de la profesora Silvia Susana Calosso –de la Universidad del Litoral– se percibe con contundencia la voluntad de destacar el convencimiento ideológico, la fuerza intelectual del erudito beocio, quien incluso en unas obras consideradas de juventud no se limitó a saldar su deuda con la formación retórica de su época con una –y cito– ”gimnasia verbal” y “práctica discursiva convincente”, sino que el joven rhétor del siglo I defiende a los animales y cuestiona el trato que reciben por parte de los humanos siguiendo postulados de las doctrinas órficas y platónicas, aunque ello le obligue incluso a poner en evidencia la incoherencia, en este aspecto, de los estoicos cuya ideología Plutarco comparte en otras ocasiones. De la fuerza intelectual de Plutarco, de su capacidad para adecuar moralmente los argumentos y de la oportunidad del tema tratado, son testimonio –señala asimismo Calosso– la viva actualidad nuestra de ese mismo debate en torno al trato cruel para con los animales –esos otros seres vivos que en el κόσμος más se asemejan a los humanos– con fines gastronómicos, pues en Plutarco subyace ya esa otra “verdad científica” de nuestros tiempos, que nos recuerda la profesora argentina: “¿seríamos quienes somos si nunca hubiéramos comido carne, la renombrada proteína animal que permitió al cerebro su perfección?” (p. 34).

En el segundo artículo, la profesora de la Universidade Estadual Paulista y coorganizadora del volumen, Maria Aparecida de Oliveira Silva analiza a través de los Συμποσιακά cómo el banquete, griego de origen, griego de tradición, deviene en Plutarco una óptima forma para sustentar la identidad griega en el mundo romano. A pesar de la variedad y multiplicidad de los temas tratados en esas Quaestiones conuiuales, el recorrido que Silva lleva a cabo por los nueve libros de las Charlas de sobremesa para individuar los elementos constitutivos de un banquete griego, pone de manifiesto cómo Plutarco idealiza el banquete griego y se sirve del banquete platónico para validar las recomendaciones que dirigen a la construcción de “su” banquete. Éste queda así respaldado por la tradición filosófica, cultural y literaria que justifican su antigüedad y su utilidad en la vida pública y privada como elemento de cohesión social. Silva –aun sin referencia alguna a lo largo del trabajo a cómo otros autores coetáneos, o casi, de Plutarco abordan también el tema simposial–, afirma que dicha función cohesiva la revela de forma especial la preocupación de Plutarco por los convidados a un banquete –su procedencia, su rango, su formación, su disposición, …– ya que, a juicio de la autora, “un jantar grego” tenia ante todo un papel público, era un evento reservado a exhibición en su grado máximo: no sólo espacio de reflexión filosófica –como Plutarco explica en el proemio del libro VIII–, sino lugar de privilegio para realizar alianzas políticas y económicas, entre otras.

El trabajo de Jorge Ordóñez-Burgos, de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, desde una óptica distinta y sirviéndose de un texto que suele analizarse siempre y sobre todo en clave religiosa, apunta también la necesidad de entender a Plutarco en su encrucijada histórica y, en este sentido, incluso un tratado como el De Isis et Osiris puede ofrecer un sistema para interpretar el propio mundo del de Queronea. El autor destaca el empleo de la construcción lingüística como parte de la pedagogía teológico-filosófica y, en suma, del sistema hermenéutico de Plutarco, quien echa “mano de todo lo que esté a su alcance para acercarse a la esencia de lo sagrado, y dota al discurso de herramientas de interpretación eficaces que van más allá de la historiografía y la filosofía del mito, el rito y lo sagrado” (p. 90). Así se explica cómo, por ejemplo, la etimología resulta uno de esos instrumentos y la lengua sirve como elemento de reflexión. De este modo, un tratado como el De Isis et Osiris no es sólo religión, sino un ejercicio para entender “al otro”, pues –a juicio de Ordóñez-Burgos– “uno de los motivos por los que diversos autores antiguos helenizaran las religiones bárbaras se debiera al traslado de creencias y símbolos a referentes más cercanos” (p. 87). Y sin duda la lengua es uno de esos referentes y seña de identidad evidente.

Fábio Vargas Cerqueira, de la Universidade Federal de Pelotas e igualmente coorganizador del volumen, insiste en esa idea de identidad, y su interesante trabajo nos propone explorar el uso de la educación musical en las Vidas paralelas como afirmación de la identidad cultural griega, diferenciando dos modelos educativos: el de las biografías griegas y el de las biografías romanas. En el primero, el desarrollo de las virtudes políticas emana directamente del ἦθος que los biografiados han adquirido a través de su educación musical, fundamental en la época clásica, mientras que la carencia de ésta, en el caso de los romanos, guarda relación directa con las virtudes militares que caracterizan los albores de la República romana. Señala, no obstante, Cerqueira que esa dicotomía debe ser matizada en función de la época en que viven los protagonistas de las Vidas. En el caso de los griegos, a partir del helenismo se produce un giro importante, en detrimento de la música, hacia la filosofía en lo que a formación respecta; en Roma, en cambio, a partir del s. III a.C., junto a la virtud militar se deja ver la influencia de las letras, de la elocuencia, de la retórica, de la filosofía, en los modelos de identidad romana que simbolizan figuras como Catón el Viejo, Marcelo o Lúculo, en época imperial. A juicio del autor, esa evolución refleja, por una parte, la voluntad de Plutarco de evocar una tradición educativa basada en la música y alimentar así la memoria social de los griegos en el Imperio romano, pero al mismo tiempo, al hablar de la formación de los griegos, no hace más que reflejar debates intelectuales contemporáneos, en los que el espíritu crítico y la pluralidad de opiniones se configura como uno de los pilares de la identidad griega y “se apresenta portanto como base para uma cultura liberal e tolerante” (p. 141). Humanitas, en latín; sinónimo de vida civilizada.

Ivana Chialva –de la Universidad del Litoral– se suma a destacar la originalidad de Plutarco con un estudio sobre las Vidas de Nicias y Craso, a partir de las cuales observa cómo el de Queronea, influenciado por la retórica y deudor de ella, compone sus biografías conjugando la verdad histórica y las fuentes literarias con la libertad creativa, de modo que la ficción no es incompatible con la verdad ni con la ἱστορία. Para ello, la profesora Chialva, basándose en el valor de la ἐνάργεια, precisamente como cualidad retórica, analiza con detalle la destacada presencia de Eurípides en ambos βίοι y muestra cómo en la intención de Plutarco prima la creación retórica del pasado, al aplicar en esas Vidas la doctrina de la mímesis al motivo trágico, al discurso poético, que se convierte así en un modelo ficcional. La interacción de éste con el hecho histórico, en paralelo con la vida real de los protagonistas, sirve a Plutarco, atento al efecto patético (de πάθος) del lenguaje, para construir un discurso biográfico cuya naturaleza –señala la autora– y eficacia literaria –podríamos añadir– consiste en imitar “un discurso poético sobre la vida, la tragedia, anticipo conceptual del arte como superadora de la realidad propia de la Segunda Sofística” (p. 173); movimiento éste cuyos postulados se asientan en la tradición y la imitación literaria.

Roosevelt Araújo da Rocha Júnior, de la Universidade Federal do Paraná, defiende la autoría de Plutarco en el controvertido Περὶ τῆς μουσικῆς. Tras un exhaustivo examen de la obra y de la literatura generada a favor y en contra de la autoría plutarquiana, el autor, en un análisis global del texto, toma en consideración criterios formales y de contenido, de transmisión textual, afinidades estilísticas con otras obras, o el interés de Plutarco por la música, y propone que dicho tratado más que espúrio sería una de esas anotaciones (hypomnemata) que el de Queronea solía hacer para desarrollar posteriormente y que, en este caso, quedó en un esbozo inacabado, no revisado por él mismo antes de su publicación.

No es cuestión de paternidad lo que planeta Daniel Rinaldi, profesor en la UNAM, al abordar un estudio sobre el Erótico –tratado siempre atribuido al autor de Queronea–, que sirve de base al investigador de México para retomar el debate sobre “la biblioteca de Plutarco”, es decir, qué autores son presentes en su obra. Aquí se analizan las citas del Hipólito de Eurípides, en un trabajo riguroso, desde el punto de vista filológico –a pesar de que autor evita este término–, sobre la adaptación de textos conocidos, la cita, en clave de intertextualidad, para demostrar que Plutarco, a pesar de la composición mosaica del tratado, que queda así lejos de ser sólo un banco de recuperación de fragmentos de otros autores, elige con maestría referentes clave para integrarlos en el curso de su discurso: sin conocer Eurípides el lector no puede comprender este diálogo y, a su vez, la lectura del Ἐρωτικός explica mucho sobre la recepción de la tragedia cinco siglos después de su creación, pues “entre lecturas, elecciones y selecciones se instala la intertextualidad” (p. 223).

Si Plutarco contribuye con esta adaptación de Eurípides a la pervivencia del poeta trágico –como una muestra “incipiente” de tradición clásica–, la contribución de Sônia Regina Rebel de Araújo –de la Universidade Federal Fluminense– nos sumerge de pleno en ella, al estudiar la presencia de Plutarco en la obra del intelectual progresista, Monteiro Lobato, en concreto cómo las Vidas paralelas aparecen en los diversos capítulos de la História do mundo para Crianças, donde la antigüedad clásica se hace actual a través de la vida cotidiana y, sobre todo, gracias al personaje de Dona Benta. En la obra del pensador y escritor brasileño, Grecia se identifica con la democracia y la ciudadanía versus la identificación del estado y Roma con la conquista militar y los conflictos políticos, cuando se analizan los capítulos de la historia lobatiana, en los que intervienen, respectivamente, griegos y romanos biografiados por Plutarco. A partir de la comparación llevada a cabo por la investigadora brasileña, de pasajes en que Monteiro Lobato retoma, con una notable dosis de humor, pasajes clave de Vidas paralelas, se echa de ver cómo sigue vigente el valor formativo del proyecto del de Queronea en la intención del político Lobato de formar ciudadanos más capaces, basándose en el predominio de una idea de progreso sobre el pesimismo, en la que la revalorización de la cultura clásica grecorromana juega un papel fundamental.

El texto de Andrea Lozano Vásquez viene de la colombiana Universidad de los Andes y nos lleva de nuevo a Moralia en un estudio donde, de nuevo también, se rechaza una actitud meramente compiladora, erudita y sólo moralizante por parte de Plutarco. La profesora Lozano Vásquez defiende, en cambio, una postura innovadora de Plutarco en su vertiente como crítico literario y, para ello, toma como referente el tratado Cómo debe el joven escuchar poesía cuyo análisis orienta no en la perspectiva de la poesía como mero recurso didáctico, sino en la idea de que su valor educativo radica en el lector mismo, en la recepción de la obra. Así, la autora –por su formación y actividad académica en el ámbito de la filosofía– propone situar la poesía en relación con el placer, el conocimiento y las emociones que ésta genera como el único y auténtico germen de aprendizaje moral. En este tratado, pues, Plutarco reflexionaría sobre la propia naturaleza de la literatura y esa reflexión lo aleja, necesariamente, de la vieja paideia social platónica, condicionada por la necesidad de ubicar la filosofía.

Con el título de “Plutarco e Cleópatra” –sugerente habida cuenta de que Plutarco escribió vidas de hombres ilustres y no de mujeres!– Gregory da Silva Balthazar, de la Pontifícia Universidade Católica/RS, en un trabajo de tradición clásica pone, sin embargo, de nuevo sobre la mesa la cuestión de la identidad en el propio contexto plutarqueo, en una oposición esta vez plural, pues a través de la última reina de Egipto –y de cómo ésta aparece en la Vida de Antonio en su papel y actuación como madre cuyos hijos forman parte también de su estrategia política– se contraponen griegos y romanos, bárbaros y macedonios, territorios y posesiones, ropas y costumbres, relaciones familiares e intereses políticos... El profesor Balthazar toma como elemento de comparación con Plutarco dos muestras distantes en el tiempo casi cuatrocientos años y pertenecientes a géneros literarios distintos: la tragedia Antonio y Cleopatra (1607) de William Shakespeare y la novela Las memorias de Cleopatra (1997) de Margaret George. Su intención es explicar cómo la literatura histórica –en este caso la egiptomanía como género literario– no es, en definitiva, deudora de la historia, máxime cuando el ejemplo clásico de base –la reina Cleopatra en el relato de Plutarco– es literatura no histórica: bien sabido es que el de Queronea proclama escribir “no historia, sino vidas”; unas vidas que elabora a partir de fuentes diversas y éstas justifican algunas contradicciones que, paradójicamente, devienen necesarias en el curso del relato, en tanto que contribuyen a una mejor caracterización de sus protagonistas y personajes. Así se entiende, por ejemplo, la actitud de Cleopatra ante Roma: reina soberbia cuando se trata de consolidar el poder, o madre humillada ante la amenaza de muerte de sus hijos.

La ideología y el poder en el Imperio romano son el tema que Ricardo Martínez Lacy, de la UNAM, discute en el artículo que cierra el volumen, donde, a partir de cuatro tratados de Moralia, se plantea cuál es el concepto de judaísmo entre los pensadores del Imperio romano, y entre ellos Plutarco quien –a juicio del investigador mexicano– sobre la historia y la cultura judía “siguió, consciente o inconscientemente, una tradición difamatoria que ayudó a difundir” (p. 323). Considera el autor que Plutarco da muestras de un antisemitismo ante litteram que está en consonancia con el que se encuentra ya en Posidonio, o también en Diodoro de Sicilia o Tácito, y cuyas críticas responden a una forma de negar cualquier tipo de especificidad, como refleja el hecho de que Plutarco no considere a los judíos creyentes en otra religión sino unos paganos supersticiosos, los haga descendientes de un monstruo encerrado por Zeus en el Tártaro, o identifique a su dios con Dioniso.

En esta exposición he seguido el orden de los artículos tal como aparecen en el libro, con el fin de destacar, precisamente, esos dos aspectos que –como refería al inicio– dan cohesión a los diversos estudios aquí recogidos y que van reapareciendo, e incluso combinándose entre si, sea en los textos dedicados a Moralia, sea en los focalizados en Vidas paralelas. Antes de terminar, sin embargo, –y para justificar si fuere necesario el contenido mismo de esta presentación– quiero recordar al propio Plutarco, cuando al inicio de la Vida de Cimón (2.4-5), en un célebre pasaje, afirma: así, ya que es difícil –por no decir imposible– presentar una vida humana sin reproches y pura, en los aspectos positivos hay que dar cuenta de la verdad en términos objetivos. Considerando, en cambio, los errores y las faltas que, por alguna pasión o necesidad política, se entremezclan con las acciones humanas, más como carencia de virtud que como actos de maldad, no es en absoluto necesario subrayarlos con celo excesivo o con exhaustiva precisión en nuestro relato...
 
Por ello, poniendo en práctica la recomendación de Plutarco, no creo oportuno hacer pública referencia a omisiones bibliográficas, a otros posibles lugares paralelos o textos de referencia para ilustrar aspectos concretos, ni a determinadas incoherencias, en algunos de los estudios, entre las obras citadas en las notas y la correspondiente bibliografía al final del artículo, e incluso a algún pequeño error en los nombres de autores citados, debidos, sin duda, a que ciertos fonemas aquí o allá se pronuncian de forma distinta.

Acabo con el prólogo, como en un πρότερον ὕστερον. Plutarco pronto fue leído, en el nuevo mundo; en las universidades de México y Perú, en las misiones de Paraguay, en los colegios de la Compañía de Jesús del litoral brasileño. Pero si el de Queronea fue leído, no lo fue porque fuera griego o porque hubiera escrito mucho, sino porque “se acredita que tem muito a enseinar. Assim pode-se dizer que foi também educador da América”, escribe el profesor Brandâo en el “Prefácio”.

También tienen mucho que enseñarnos con sus aportaciones al estudio de Plutarco los autores de este volumen, ya todo un clásico, apenas acabado de nacer, pues, si “clásico es todo texto leíble” –se nos recuerda a Barthes en el “Prefácio”–, no cabe duda de que este volumen es, en efecto, leíble, y merece ser leído, pero no sólo como deuda de ξενιθεία, sino para que Plutarco no pierda –escribe todavía Brandâo en ese “Prefácio”– “entre nós o título de educador. O que ele ensinará depende de quem aprende”. Si Plutarco, multifacético, acoge –y a lo largo de la historia ha acogido– en su obra a cada uno de sus lectores, plurales, distintos, obligado y justo es ahora, al menos, que, una vez más, sea convidado cada “leitor” –y recalo de nuevo en Brandâo–, “também a acolher, como hóspede, o nosso Plutarco”. A este Plutarco latino-americano, que ya es, y debe ser, de todos.