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Becoming Ray Bradbury

 

En los últimos meses del 2010 apareció el libro Becoming Ray Bradbury, una completa y documentada biografía escrita por Jonathan R. Eller que nos permite retomar el contacto con uno de los creadores más sorprendentes de la literatura norteamericana del siglo XX.
           
Una parte, sino todos los lectores del párrafo anterior se mostrarán, a su vez,  sorprendidos de una afirmación tan contundente en relación a este conocido autor de ciencia ficción, género poco considerado dentro del quehacer literario. Me baso en algunos cuentos, cuatro para ser más específico, que he considerado y sigo considerando magistrales: “La Pradera” (inicia El Hombre Ilustrado), “El Peatón”, “El Asesino” y el insuperable “El Ruido del trueno” (los tres de Las Doradas Manzanas del Sol). Todos ellos pertenecen a los ´primeros años de la década de 1950 y forman parte de aquellos textos dedicados a la delicada y adictiva relación de los humanos con la tecnología, esto es, no figuran entre aquellos de los viajes y experiencias interespaciales que son los que han dado mayor difusión a este escritor.
           
En “El Peatón”, el personaje es detenido por salir a caminar en las noches por su ciudad. Su gusto por estirar las piernas, fumar, y dando vueltas evitar quedar atornillado frente al televisor, debe tener, necesariamente, para la policía una segunda intención que debe clarificarse luego de su arresto. Albert Brock  se autodenomina  “El Asesino” por su decisión de destruir todos los avances tecnológicos y recluirse en la soledad y el deseado silencio que le ofrece una clínica psiquiátrica. Uno de los objetos que destruye parece ser lo que hoy llamamos un teléfono celular. El punto es que estamos en un momento inmediato a 1950, y este es el diálogo que sostienen los usuarios en esa época:

 



  Todos los viajeros hablaban con sus mujeres por las radio pulsera diciendo: “Ahora estoy en la Cuarenta y cuatro, aquí estoy en la Cuarenta y nueve, ahora doblamos en la Sesenta y uno”. Un marido maldecía “Bueno, sal de ese bar, maldita sea, y vete a casa a preparar la cena. Estoy en la Setenta…”  



 

Quienes usen los sistemas públicos de transporte de cualquier parte del mundo actual, quedarán asombrados de esta conversación sostenida hace medio siglo atrás, y treinta y tres años de la aparición del primer celular.
           
Dos momentos magistrales en la narrativa de Bradbury se encuentran en “La Pradera” y “El Ruido de un Trueno”. Ambos cuentos se refieren a la inferencia transformada de la tecnología en la vida humana. En el primero, dos niños encierran a sus padres en una pradera electrónica implementada en la sala de juegos de la casa. Allí los progenitores deberán enfrentar a los habitantes de la selva y sufrir las consecuencias por haber querido apartar a sus hijos de sus diversiones tecnológicas. En el “Ruido del…” los hombres viajan al pasado remoto para participar en un safari de animales prehistóricos. Eckels, el turista que ha contratado el servicio, no cumple las instrucciones entregadas para la cacería y modifica el medio ambiente primitivo. Al volver al presente, observa una serie de cambios producto de la destrucción de una mariposa, cuyos restos ha transportado hasta su propio tiempo en la suela de los zapatos.

Unos quince años después de haber escrito este cuento, científicos como Lorenz empezarán a denominar ‘efecto mariposa’ al efecto global que puede alcanzar un hecho de pequeñas dimensiones ocurrido en una parte específica del planeta.
           
Borges escribió en 1955 una breve introducción a Las Crónicas Marcianas, una de las novelas más famosas de Bradbury. Destaca ahí el carácter simbólico de la escritura de Bradbury. Este rasgo se ha acentuado con el paso del tiempo, y sorprende la aparición y descripción temprana de ciertos temas que han llegado a convertirse en centrales en la cultura contemporánea (Y eso que no he hecho referencia alguna a Fahrenheit 451).

Francisco Coloane, el escritor chileno de El grumete de la Baquedano, declaraba que sentía gratitud por que su narración hubiese sido introducida en los planes escolares de lectura. Eso lo había dado a conocer y le había permitido sobrevivir en lo económico, pero se quejaba de que El Último… nunca pudo abandonar la categoría de escrito para jóvenes. Algo similar podría decir Bradbury, un autor tan leído por los jóvenes de una época como relegado por esos mismos lectores cuando maduraron. En todo caso, está ahí y puede ofrece runa grata sorpresa.




            Redactó Nicolás Cruz, editor de la Página.