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El nobel del fin del mundo

 

Mario Vargas Llosa ha sido uno de esos compañeros de toda una vida. Empecé a leerlo cuando estaba en el colegio y no he dejado de hacerlo hasta el día de hoy, y espero hacerlo pasado mañana cuando aparezca El sueño del celta. Me he resistido a establecer un ranking de sus obras dado que a cada uno de nosotros nos pueden atraer por distintos motivos y de acuerdo a las circunstancias distintas por las que pasamos.  La Fiesta del Chivo ha sido destacada por muchos en estos días en que él ha recibido el Nobel de Literatura. En lo personal, la encontré una regresión en relación a Conversación en la Catedral, ocasión en la que planteó que el asunto en América Latina era más una cuestión de ‘dictaduras’ que de ‘dictadores’, omnipresentes y eternos. Las décadas siguientes a la aparición de Conversación…evidenciarían de manera clara el punto para toda América Latina.
   

La Guerra del Fin del Mundo –poco mencionada en estos días-  es la novela de Vargas Llosa que mas me ha atraído hasta el punto de leerla en varias ocasiones. He tenido la oportunidad de escribir sobre ella e incluirla como lectura obligada en algunos cursos universitarios dedicados a las relaciones entre historia y literatura. Uno de los aspectos que más aprecio en ella es el desarrollo de varias historias contenidas dentro de la historia y, parafraseando lo que el periodista miope dice sobre los sucesos de Canudos, se trata de un árbol de historias diversas que se juntan en un tiempo y lugar a propósito de una determinada situación.

 

Ha sido dicho que el tema de la novela es el del fanatismo religioso, y bien sabemos que las etiquetas aclaran y empobrecen simultáneamente. Uno de sus temas mayores es el del fanatismo, pero no sólo el religioso. El coronel Antonio Moreira César, el militar más destacado de Brasil en la segunda mitad del siglo XIX, era tan fanático como el Consejero a quien deseaba destruir. Uno, el militar, lo era de su idea positivista de orden y progreso, mientras que el santón lo era de su visión religiosa de la vida. Pero también Galileo Gall, el frenólogo escocés que ve en la guerra de Canudos uno de los grandes capítulos de la lucha mundial de los oprimidos contra os opresores, era también un fanático, no obstante toda la historia del mundo se haya complotado para pulverizarlo.

 

Junto a lo anterior, La Guerra del Fin del Mundo, aborda la fuerza decisiva que adquieren los prejuicios y la ignorancia. Por una parte están los de los habitantes del Sertón que se van uniendo al Consejero y ven en el naciente sistema republicano de Brasil a un monstruo de siete cabezas que se levantaba desde la costa de Río de Janeiro y Bahía. Y los de los gobiernos costeros que prácticamente ni sabían que había gente que habitara las zonas del interior. La visión de unos sobre los otros determinó la imposibilidad de entenderse y precipitó las granes matanzas que caracterizaron esa guerra en varios actos. El ejército del Brasil, moderno y pulcro, fue derrotado por su total ignorancia de un enemigo capaz de generar unas estrategias de defensa tan eficientes como básicas. En todo esto, Vargas Llosa es deudor de Euclides de Cunha y su obra reportaje Os Sertoes. En varias ocasiones, declaró que fue la lectura de este libro el que gatilló la idea de novelar toda la situación.

 

Pero, ¿qué pasó en Canudos? Ingresamos aquí en un terreno muy atractivo y bien logrado de la novela. Podemos responder lo más básico: hubo una guerra  que se que se extendió entre 1896 y 1897 en los interiores de Bahía e involucró a los seguidores del beato Antonio Consejero y a las autoridades republicanas. El conflicto se desplegó en una serie de batallas que concluyeron con la matanza de los sertoneros. Podemos detenernos para explicar las fases de la lucha, los avances y retrocesos parciales alcanzados por cada bando en uno y otro momento. En fin, y como sucede en muchas ocasiones, los hechos son conocidos, pero eso dice sólo una parte de lo que pasó. En cambio, lo más profundo, parece señalar Vargas Llosa, será la acumulación de versiones contrastantes, parciales e interesadas sobre la situación. Cada una de estas configura la historia y la genera. Esto es lo que determina que sea un árbol de historias que algunos, como el periodista miope, quieren desentrañar y otros, como el Barón de Cañabrava y Epaminondas Goncalves (el jefe del partido republicano de Bahía) prefieren enterrar. Al final, más que un pasado habrá varias versiones en pugna y es hasta ahí donde se puede llegar en relación a lo sucedido.

 

Y hay algo más que dice relación con los ‘quince minutos de fama’ con que la historia castiga y depreda un determinado territorio. Para los habitantes de la costa moderna y europeizante (en ese tiempo significaba decir afrancesada) no había un interior sertonero antes de Canudos y no volvería a haberlo después. Apagados los focos de la guerra, retirados los reporteros de los diarios y muertos ‘los rebeldes’,  la inmensa mayoría no se preocuparía más del asunto. Los quince minutos habían transcurrido y, utilizando una metáfora, podemos decir que la flora y fauna del lugar comenzaba a reconstruirse lentamente en el silencio y el abandono.

 

Sin embargo, había un sertón antes y durante la guerra Canudos, y seguiría habiéndolo después; uno que se vio afectado por la guerra pero que no la hizo suya aunque si la padeció. La historia de Rufino y Jurema es muy representativa de esta situación. Ellos eran del sertón, con todas sus reglas y rituales, hasta que llegó Galileo Gall quien, al violar a Jurema, rompe todos los equilibrios del lugar. A partir de ese momento, la guerra de Rufino será una personal con sus objetivos y ritmos propios derivados del hecho de que quien ha violado la hospitalidad, tal fue el caso de Gall, se convierte en un traidor y debe morir. Y esta otra guerra tiene una enorme fuerza y termina por colocar a Galileo Gall, uno que tenía una visión universal de los sucesos, en el plano más local e inmediato. Como se lamentará, y con razón, cruzó el mundo para terminar muriendo por un problema ‘de faldas’ a pocos metros de donde se libraba uno de esos grandes momentos de la humanidad para el que se venía preparando por toda una vida.

 

La Guerra del Fin del Mundo es una novela sobre las ambigüedades que conforman la vida. El mismo título ya da cuenta de esto. ¿Cuál es el fin del mundo aquí? Hay una fin en un sentido geográfico ya que fue una guerra haya donde el mundo terminaba para las personas informadas de la época, algo así aquel pueblo que quedaba más allá de Eboli en la novela de Carlo Levi. Pero es también el fin del mundo porque los seguidores de Antonio Consejero lo plantean así y estaban compenetrados de una visión profundamente apocalíptica.

 

Esta novela fue publicada en el año 1981. Mario Vargas Llosa era ya un escritor que venía trabajando por muchos años, buscando y logrando poner en letras una serie de temas e historias que lo obsesionaban. Desde los inicios de su quehacer había logrado puntos muy altos, tales como La Casa Verde y La Ciudad y los Perros, esta última de 1962.  Sin restar méritos, tengo la impresión que un momento de consolidación profunda se dio en Conversación en la Catedral (1969). Hace poco tiempo decidí volver a leerla y lo hice con la aprehensión de quien retoma una novela altamente experimental y que recordaba muy sesentera. A poco andar pude mandar mis dudas de paseo. Sigue ‘funcionando’ muy bien. Pantaleón y las Visitadoras y la Tía Julia y el Escribidor son obras de los setenta. Amazónica la primera y limeña la segunda, evidenciaron un sentido del humor mordaz, perceptivo y profundo. Simultáneamente son los años en que empezó a consolidar una línea de ensayos muy relacionada y reflexiva respecto de la ficción. La Carta de Batalla por Tirant lo Blanc (1969) expresó su convicción de que su actividad tenía  relación con contar historias y ubicar en su transcurso todos los problemas que las hacían variadas y complejas, así como sus escritos sobre Flaubert y Madame Bovary (1975) lo mostraban inserto en los estudios anatómicos sobre la novela. De todo este contexto acumulado surgió La Guerra del Fin del Mundo.

 

Esta última novela topaba con algunos problemas mayores al momento de afrontar su escritura: se ubicaba en el siglo XIX y hasta entonces él había ubicado sus obras anteriores en la mitad del siglo XX. El tema de la Guerra de Canudos había quedado en el campo de los sociólogos e historiadores y poco o nada en el de los literatos. Pero además se ubicaba en Brasil y en un territorio muy particular de esa enorme geografía. La gran prueba de fuego sería la aceptación o rechazo que experimentara entre los lectores de gran gigante latinoamericano.

 

Para lograr su objetivo estudió y se informó con mucho detalle. Lo ha señalado en varias entrevistas y no cabe duda de que así lo hizo. En El Pez en el Agua (1993) deja ver sus métodos de estudio y como toda su escritura futura está planificada con mucha anticipación. Es lo que se llama ‘un mateo’. Y su información contempló libros, prensa de la época, documentos, debates parlamentarios y otros. Desarrolló con rigor una investigación. Y viajó al lugar, lo recorrió con guías que le permitieron acceder a la gente del sertón y conocer de primera mano sus recuerdos sobre Antonio Consejero y la guerra de Canudos. Los resultados de este trabajo son visibles en la escritura posterior.

 

Bahía tenía en los años 70 en Jorge Amado su novelista insignia y él había descrito a los bahianos y bahianas de la ciudad, de las grandes plantaciones, a los cimarrones, a los tenderos y a los capitanes de la agricultura, etc. Se mostró escéptico del proyecto de Vargas Llosa pero lo apoyó con sus comentarios y contactos que le posibilitaron un adecuado ingreso a la zona. Y fue uno de los primeros en manifestar públicamente que el peruano lo había logrado.

 

 

 

Redactó Nicolás Cruz, Editor de la página.