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En el Archivo Secreto y la Biblioteca Vaticana

 

Con mucho gusto acepté la invitación que me hizo Nicolás Cruz de compartir con los lectores de esta página web mi experiencia de trabajar en el Archivo Secreto y la Biblioteca Vaticana. La primera vez que estuve fue en el año 2006 cuando estaba haciendo la investigación del proyecto Fondecyt “Clero y política en la independencia de Chile”. Lo primero diferente a cualquier otra experiencia previa, fue el hecho de que tuve que tramitar una visa para poder entrar cada día a este otro estado (en la página web del Vaticano está claramente explicado todo el trámite que hay que hacer para poder consultar los documentos). Una vez obtenido el permiso, entraba al archivo por la puerta de Santa Ana, donde era recibida por un guardia suizo que me llevaba casi hasta la puerta del archivo, lo que ya me introducía en una parte del pasado del que aún podemos tener experiencias.


¿Cómo explicar lo que significa estar dentro de los muros del Estado Vaticano? No es como estar en la Plaza de San Pedro  o dentro de la basílica, adonde más bien se va o por turismo o por motivos espirituales y religiosos. Tan sólo unos pocos pasos desde la ciudad de Roma hacia nos introducen en un lugar donde verdaderamente todo es historia.


Por otro lado, si bien el archivo se llama “Secreto Vaticano”, es en realidad el archivo de la Santa Sede o de la Silla Apostólica, no sólo del estado nacido en 1929. Justamente en esto reside su riqueza y su complejidad. Como bien sabemos los historiadores, para poder investigar es necesario conocer la estructura administrativa de la época que trabajamos para poder buscar nuestros temas y cómo está organizado el archivo al que llegamos, que fondos guarda, etc. Poco pude averiguar antes de llegar sobre la curia romana a principios del siglo XIX, período sobre el cual trabajaba, y sobre los fondos, por lo que lo primero fue pedir en el mismo archivo bibliografía sobre ese tema, que abunda. La atención es muy buena, muy afable y con una actitud muy respetuosa del tiempo del historiador extranjero que necesita trabajar y que lo atiendan (aquí no se aplica la fama de la eterna Roma). Siempre hay personal dispuesto a buscar los legajos. Recalco esto porque no en todos lados es así.


Mi experiencia previa de grandes archivos, de los verdaderamente grandes, la había tenido en España, tanto en el Archivo Nacional de Madrid, como en Simancas y en el de Indias en Sevilla. Comparativamente, la búsqueda en ellos me resultó más fácil que en el Vaticano, porque nuestro origen administrativo español ayuda a entender y encontrar la información. Pero ahora me encontraba en un archivo donde se conserva documentación que no es sólo administrativa o gubernamental sino también espiritual. Por eso, para encontrarla, hay que considerar que el Papa era el soberano de los Estados Pontificios y a la vez la cabeza de la jurisdicción espiritual universal, por lo que nuestros temas pueden estar dispersos en varias congregaciones, o en fondos nacionales, o de las nunciaturas, etc. Aquí está el desafío: entender y aprender buscando. Nada más errado que llegar con “conceptos y conceptualizaciones de la Iglesia” anacrónicos y fabricados o con una imagen de la Iglesia separada del tiempo y del espacio político.


La otra gran diferencia que encontré con respecto a otros archivos fue el tipo de investigador. Pocos tesistas jóvenes, que abundan en los archivos españoles o chilenos; menos historiadores profesionales que en otros lados; por último, pocos latinoamericanos. No está en nuestra ruta investigativa suficientemente incorporado este archivo. De hecho, no lo conocemos. Tal vez creamos que como la relación con Roma durante la época colonial estaba mediada por Madrid, poco encontraremos para nuestros trabajos. Tal vez creamos que todo está en latín o italiano. Hay más de lo que los manuales de historia nos enseñan, hay mucho en español. En Roma también están las casas generalicias de las grandes órdenes de la Iglesia y las congregaciones, que conservan información por cierto complementaria de la que hallaremos en el Archivo Vaticano y en nuestros archivos chilenos. La sensación al irse es que no hemos aprovechado estos repositorios aún y que el desafío de entrar en ellos es enorme y que hay otra historia por escribir.


Aparte de todo lo disciplinario hay que tener en cuenta que el archivo cierra por vacaciones y también que hay feriados vaticanos que pueden caer en el período de la estadía. A mi me tocó por ejemplo la fiesta de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio. Se pueden pedir legajos para ver por las tardes. Además, es interesante no ser turista por unos días, y entrar al archivo sorteando la cola de entrada de los Museos Vaticanos que llega hasta la puerta de Santa Ana, en la que abundan los turistas japoneses. Cuando estuve me alojé en la Piazza del Risorgimento, a muy pocas cuadras del archivo y biblioteca, lo que me facilitaba llegar a las ocho de la mañana, cuando se abre el archivo, y no tener la experiencia de nuestros colegas romanos que llegan en buses repletos de turistas y, ya muy temprano, agotados por el viaje. Recomiendo pagar un alojamiento levemente mas caro, pero que evita los viajes en bus diarios.


La Biblioteca Vaticana es impactante también. La conocí este año 2011, luego de su reapertura después de tres años de restauración. Buscaba libros del siglo XIX, chilenos, que curiosamente no encontré en Chile. Me deslumbró el lugar y la calidad de la biblioteca que también guarda manuscritos de todo tipo y lugares, colecciones de monedas, medallas y obras de arte. Es uno de esos pocos lugares del mundo en los que he estado en los que he sentido que una buena parte de la cultura humana me rodea. Cuantos, desde hace siglos, entraron allí a buscar respuestas. Creo que vale la pena enviar nuestros libros (un pequeño grano de arena) y no sólo pensar en las grandes bibliotecas nacionales como centros de difusión. La calidad de la atención es excelente, como en el archivo.


Tanto en la biblioteca como en el archivo sólo reciben a investigadores profesionales, lo cual debe ser debidamente acreditado al momento de solicitar el permiso para trabajar allí. Este punto marca la diferencia en el trato, basado en el respeto al investigador y crea el ambiente científico y de servicio que se experimenta en todo momento. También lo recalco porque en otros archivos eclesiásticos no es esta la actitud, lo que muchas veces genera desinterés por consultarlos. Además el personal que atiende está debidamente preparado, otra situación poco frecuente en otros archivos eclesiásticos, atendidos por voluntarios o personas que carecen de la preparación adecuada.


Sólo me queda incentivar a quienes lean estas páginas, y a mi misma, a ir por primera vez o a volver a Roma para enriquecer nuestro trabajo y disfrutar también, por supuesto, de esta maravillosa ciudad. Ah! Otro dato interesante, casi en frente a la puerta de santa Ana sale una callecita muy chica donde venden pizza al taglio maravillosa, que permite reponerse adecuadamente del duro trabajo de investigar.




            Lucrecia Enríquez (Historiadora)