Opinión
La pregunta se torna más dramática cuando preguntamos por los heridos y los muertos. Cada una de estos recordatorios de la naturaleza no se ha traducido en un memorial de aquellos que perdieron una parte de la vida o, directamente, toda la vida. No hay una escultura que refleje el terror que sentimos durante aquellos eternos minutos en que todo se mueve, sin que sepamos si parará o si sólo se trata de una obertura agitada que contendrá un final muy agitado.Y algo así podría haber a nivel de la ciudad y, por que no, en cada comuna. Algo de esto, al menos, ha sucedido en relación a aquel otro tipo de desastres que hemos hecho los chilenos; esos en que no hemos necesitado de ninguna fuerza externa para llevarlos a cabo.
Soñemos que Santiago no es Santiago, que sus habitantes no somos todo lo indiferentes que hemos aprendido a ser, y que le hemos concedido a nuestros artistas un espacio para que estén presentes en nuestros barrios. ¡Soñemos! Podría pasar que de los restos del terremoto hiciésemos colectivamente una obra recordatoria, capitaneados por los escultores de la comuna, plasmando recuerdos de nuestros deudos, sustos, importancia y rebeliones. Que además la calle correspondiente pasara a llamarse ‘La calle del edificio caído’, la de ‘los cinco muertos’. ¿Hay en Peñalolen o Macul alguna que se llame ‘aluvión del 93’?, ¿no serviría para honrar a los fallecidos y arrasados, además de recordar que se sigue construyendo en los mismos lugares como si nada? Si no nos equivocamos, lo que pasa en Santiago se extiende por todo Chile, pese que los del norte recuerdan los desastres del sur, y los sureños han enviado su ayuda a los nortinos en más de una ocasión. Sucede no obstante la memoria popular haya puesto en versos, musicalizado, escrito y graficado estas visitas inoportunas que nos caen encima de tanto en tanto. Si siguiéramos esta línea creativa, debiéramos memorializar a nuestros muertos y recordar nuestros desastres, evidenciando a los más jóvenes las proporciones y características de aquello que ellos saben que ha de venir desde que nacen.
Por Nicolás Cruz y Ana Cruz
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