Observatorio

Cien Años de Soledad: una relectura 50 años después.

Nicolás Cruz. Editor de la página

 

¿Qué implica releer una obra, en este caso Cien Años de Soledad, cincuenta años después de que fuera publicada?
           
Implica enfrentar una obra que fue leída por un mismo lector en dos o más momentos distintos de su vida. Han pasado muchas páginas de por medio y los gustos y exigencias han cambiado bastante. Una relectura, por lo demás, no es sinónimo de una segunda lectura. En este caso específico esta nueva aproximación en el 2016, corresponde a un tercer repaso completo. Se agrega a esto algunas ocasiones en que he leído páginas sueltas y las tanteas veces que he conversado sobre esta obra y otras tantas en que se me ha venido a la cabeza y he pensado sobre ella. Todo lo anterior, mezclado, reflexionado, modificado, enriquecido, representa mi contacto.
           
La relectura significa leer un texto fuera del contexto epocal en que fue escrito y ajeno a la temperatura ambiental que provocó la lectura primera. En el caso de Cien Años de Soledad, estos factores alcanzaron gran potencia en los meses siguientes a su aparición. Hoy -2016- se habla poco de este libro, aunque el próximo año se le harán una serie de homenajes con motivo de su cincuentenario.
           
La leí por primera vez a los quince o dieciséis años cuando había recién llegado a Chile y fue gracias a la recomendación de un librero de la calle Irarrázaval en Santiago. Recuerdo que fue una gran experiencia, que comencé a confeccionar un árbol genealógico de la familia Buendía que luego abandoné. La sensación más nítida es que hice todo eso en unos días en que su lectura me tenía fascinado y que la realizaba de manera compulsiva.
           
Durante una estadía en Paris por motivos académicos volví sobre ella en el invierno de 1998. Fue un invierno duro que me hacía recluirme temprano y disponer de algunas horas antes de que llegara el sueño. Durante esas primeras horas de la noche volví feliz a Macondo. Hoy percibo que esa lectura, al igual que la primera, estuvieron marcadas por la inmersión, la complicidad con sus personajes y con casi todos los párrafos de sus casi quinientas páginas.
           
Esta nueva lectura del 2016 ha sido diferente. La inicié de un modo casual cuando pasaba unos días en casa de un amigo en el sur de Chile. Entre los libros del estante estaba Cien Años de Soledad en esa inolvidable edición de Sudamericana con la portada diseñada por Vicente Rojo para la segunda edición de 1967. Empecé desde cero y seguí con método abordando las siguientes páginas. No fue fácil e incluso al acercarme a la número cien tuve dudas sobre si continuar o no. Recordé lo que ha dicho Siri Hustvedt en cuanto a la necesidad de ser aplicado en la lectura y no dejar una obra mientras uno tenga un motivo, por muy mínimo que sea, para seguir adelante. Y estuvo bien seguir su consejo.
           
Terminé por apreciar la historia de la familia Buendía y la microhistoria de Macondo, no obstante haya sentido distancia frente a esos personajes descritos con tanto efectismo que no solo se confunden en sus nombres sino que también en una serie de experiencias vitales. Una lejanía, podríamos decir, ante la casa familiar que es asaltada una y otra vez por graves tragedias en que se destruyen los corredores, se secan las plantas y empieza a ser habitada por muertos, recuerdos y santos de todo tipo.
           
La novela se me apareció como una tensión entre la familia interminable de los Buendía y las novedades y cambios que llegaban desde el extranjero, entendido este como todo lo que provenía de fuera del pueblo, fuese desde otro pueblo relativamente cercano (Fernanda del Carpio), desde lugares remotos e ignotos (Melquiades y los gitanos) o desde países claramente identificados como Estados Unidos (la compañía bananera) y España (Gastón, el del aeroplano y el sabio librero catalán). El resto de los habitantes de Macondo prácticamente no figuran y cuando lo hacen es en relación al tronco narrativo de la familia.
           
En la familia Buendía habitaban dos almas desde el principio. Una de ellas –la de José Arcadio y la de Aureliano- era fundadora y abierta a todos los prodigios que se daban en el mundo. La otra, la de Ursula Iguarán , Amaranta y otras, era la de clausura, de puertas cerradas y de lo íntimo. Esta última es la que se terminó por imponerse con la llegada de Fernanda del Carpio, tan bella como Remedios, pero llena de aires pretenciosos y empeñada por desterrar todo lo antiguo, cambiar lo espontáneo, colectivo y sencillo por la etiqueta, la presunta prosapia y fundar el mito de una gran familia. Cuando el coronel Aureliano cumplió los cien años, exclamó “Nos estamos poniendo finos”. Ella, en todo caso, no hizo algo distinto a lo que hicieron los ingenieros bananeros cuando establecieron su propio poblado y lo enrejaron para que ningún nativo llegara a tener contacto con ellos. La misma versión local de la guerra nacional entre liberales y conservadores que marcó la historia del pueblo nunca llegó a tener motivos ni un final claros. Todo eso había venido desde fuera. Y cada vez la historia de Macondo será aquella dictada desde fuera.
           
Pero, la historia pasa y ya no se puede volver atrás, por eso de que “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”, y cabe recordar que esta es la enigmática sentencia con que termina la novela. Sobre esto se pueden decir algunas cosas: la primera es que esa estirpe no la tendría, pero si es posible imaginar otras que experimentarían la misma condena en otro tiempo o lugar; la segunda es que fueron más de cien años y que los fundadores murieron mucho después de esa edad: Ursula, cuando “amaneció muerta el jueves santo”, había pasado largamente la centuria, igual que la entrañable Pilar Ternera, quien “murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso”. Pero sobretodo, hubo un primer tiempo de soledad seguido por otro de desolación, marcados cada uno por ser anterior y posterior al diluvio.
           
El diluvio hizo que la mayor parte de los habitantes murieran y también fueron cayendo los animales. Los de la compañía bananera construyeron su propia arca y se mandaron cambiar para no volver nunca más. El tren dejó de pasar un tiempo y después lo hacía sin detenerse en la estación, tanto que los pocos viajeros le debían hacer señales al maquinista para que se detuviera. Para los Buendía las cosas fueron distintas después de las lluvias interminables dado que ellos también quedaron devastados, exhaustos, recluidos por las buenas o por las malas, y eso nadie, ni siquiera Amaranta Úrsula con su fuerza y alegría desbordante, podría revertirlo.
           
Una relectura conlleva una nueva aproximación por parte de un lector que ha cambiado con el paso de los años. No se opone a las anteriores, dialoga con el recuerdo de ellas y reconoce en Cien Años de Soledad a una compañera de vida, como ciertamente le ha sucedido a tantos y tantos. Una compañera que nació cuando en algún lugar recóndito de las almas se creía que América era una posibilidad.