Observatorio

El libro rojo de la historia de Chile, Marcelo Leonart.

Redactó: Nicolás Cruz Valdivieso para historiaycultura.cl

 

Un editor me planteó la siguiente teoría una noche hace unos años atrás: no hay nada que les guste más a los escritores que escribir sueños. Paradójicamente, me dijo, no hay nada que les guste más a los lectores que saltarse los sueños a la hora de leer un libro. A su parecer los escritores estamos más enamorados de los sueños y su poder metafórico que los lectores. Dicho de otra manera, los escritores sobrevaloramos el rol que tienen los sueños en la literatura. En su momento me pareció una interesante hipótesis editorial, aunque no la compartiera.

 
Al terminar de leer El libro rojo de la historia de Chile, de Marcelo Leonart, novela finalista del último premio Herralde, la conversación regresó a mi cabeza, ya que si existe una novela que choca de lleno con la hipótesis antes mencionada es ésta, donde el autor construye un mundo en que no sólo las fronteras entre el sueño y la realidad se difuminan, sino que también los límites entre la vida y la muerte desaparecen.


A través de los cinco capítulos que constituyen esta novela coral (Chaika; Días y sueños en la vida de Lucho. A; Fantasmas del Estadio Nacional; La historia de Chile; y Últimas noticias desde Rusia), en que las aguas de la historia reciente de Chile se funden por momentos en un solo cauce con la historia de Rusia, Marcelo Leonart se da el gusto de escribir una vez más sin prestar la menor atención a lo que dictan las tendencias literarias actuales, como es su sana costumbre. El resultado es una obra fresca y compleja, donde a través de un notable juego de iluminación, el autor es capaz de poner el foco en distintos momentos de la historia reciente de Chile, y fusionarlos con la historia rusa. Bajo la luz que el autor sostiene, podemos vislumbrar pasajes de la vida de personajes siniestros de nuestra historia, y en otras rabiosamente anónimos, cuyas historias consiguen iluminar, aunque sea de manera parcial, la oscura caja de pandora de nuestro pasado político y social, y, a través de su reflejo ruso, de nuestro presente.


En un crudo invierno moscovita en el año 1976, dos jóvenes chilenos exiliados viven los últimos días de su amor, y se despiden de sus sueños. Apenas sobrepasan los veinte años, pero cargan con una historia de violencia y desarraigo a sus espaldas. Sus nombres son Iván Arsenievich y Natascha Filipovna. Mientras asistimos a los últimos días de su amor ruso clandestino, nos parece estar presenciado no sólo el término de una relación, sino también el fin del Chile que soñaron construir. Mientras ellos rememoran la odisea espacial de Valentina Tereshkova, la primera mujer en viajar al espacio, conviven con el fantasma de Boris Anselmovich, ex pareja de Natascha, compañero de partido y amigo de ambos, asesinado por la dictadura.


Lucho A., un poblador de San Miguel en el año 1973, lucha por mantener en el poder al gobierno de Salvador Allende, junto a miles de obreros y trabajadores de las clases populares chilenas. Mientras tienen lugar los últimos días del socialismo en Chile, y la masacre se acerca a pasos agigantados, el hombre sueña sueños rusos, en los que el cruel destino de Chile se manifiesta a través de la figura de su pequeño hijo muerto. Sus sueños son el portal de entrada para distintas vidas paralelas rusas, dónde el poblador experimentará por primera vez el miedo en estado puro, y el sinsentido de su lucha, a la que en sueños no dudaría en renunciar si pudiera. En sus vidas paralelas se proyectarán también las contradicciones de la historia rusa, donde víctimas y victimarios parecen alternar sus roles de acuerdo a la tenencia del poder.


Richard Jofré, detenido en el campo de prisioneros Estadio Nacional, es testigo de cómo el fantasma de Lenin se pasea por las galerías del recinto, observando el devenir de los seguidores de la Unidad Popular. Su silueta se cruza con la del encapuchado del Estadio Nacional, una de las figuras más temidas del recinto, y con la del Cacho Castillo, un militante homosexual asesinado luego de enfrentarse a los militares. Vivos y muertos, personaje histórico y personajes anónimos, son testigos de cómo la selección chilena vence a una selección soviética inexistente y clasifica al mundial de Alemania 1974. Desde la derrota, muertos y vivos ven cómo la nueva patria se construye y pavonea orgullosa, sobre la sangre de los torturados y asesinados.


El capitán K, sanguinario exterminador de comunistas, y nieto de cosacos rusos, se regocija ante la agonía de una mujer que se arrastra por el asfalto de la calle, luego de ser acribillada en el ataque que la DINA acaba de perpetrar contra la casa donde se refugió junto a su marido y compañeros durante meses. La mujer está embarazada, y su compañero, líder revolucionario, ha sido asesinado de más de diez balazos en la emboscada. El capitán K lucha por erradicar el mal del socialismo de raíz desde su patria.


Nada de antojadizo tiene la construcción de El libro rojo de la historia de Chile, ni el ejercicio de iluminación que hace en él el autor, ya que su idea parece ser la de rescatar de cada una de estas dimensiones, la realidad, el sueño, la vida, y la muerte, historias y escenarios que vayan construyendo distintas capas de significación en la novela, que hacia el final del libro nos llevan a tener la certeza que todas estas dimensiones son igual de importantes de explorar, revisitar y resignificar a la hora de reconstruir nuestra historia patria reciente, y por qué no decirlo, de sentar las bases para nuevas lecturas posibles de ella. Todas las historias a las que Leonart da vida en el libro, independiente de los mundos de los que provengan, encarnan la violencia de un tiempo y sus contradicciones, y son piezas irreemplazables en el afán inagotable del autor por iluminar la historia reciente de nuestro país.


El retrato de estos personajes, sobre todo las historias mínimas de los ciudadanos olvidados, logran dar cuenta de manera magistral del curso de nuestra historia, y al mismo tiempo, otorgarles voz a las personas anónimas que la habitaron. Sus historias acalladas son el testimonio de la derrota sobre la que se articula nuestra sociedad actual, parece decirnos el autor, y su palabra pesa, ya que la novela es una radiografía emotiva, divertida, rabiosa y brutal sobre el destino de nuestra patria.