Observatorio

Esa Puta Tan Distinguida

Nicolás Cruz. Editor de la página.


A Matías Hermosilla quien me trajo esta novela volando.

 

Puede resultar difícil especificar de qué se trata la última y reciente novela de Juan Marsé: Esa puta tan distinguida (abril, 2016). Es posible partir señalando que un escritor, a quien las cosas no parecen irle muy bien, responde al encargo de escribir el guión de una película que, basada en el asesinato de la prostituta Carolina Bruil, contuviera una crítica a la España franquista de mediados del siglo XX. Esto es lo que deseaba quien estaba llamado a ser el director de la película, una gloria del cine de resistencia desde las primeras décadas del gobierno de Franco. El guionista, quien arma el libreto desde la lógica investigativa de una novela, se entrevista con Fermín Sicart, el homicida, quien con una distancia de más de treinta años, rememora un hecho que recuerda con detalles, pero cuya motivación- asesinar a esa prostituta a la que amaba en la cabina del cine donde se desempeñaba como operador de películas- nunca llegó a entender. Estamos en Barcelona en el año 1982 y se reviven los hechos acontecidos en el Cine Delicias de la misma ciudad en 1949.
           
Entre ambas fechas pasaron algunas cosas en la vida de Fermín Sicart: estuvo detenido, fe enviado a un centro de tratamiento psiquiátrico, liberado y arrojado a vivir la pobreza anónima en que lo encuentra el escritor guionista. Lo central fue su paso por el centro de Ciempozuelos, donde sometido a electroshocks, el doctor Tejero-Cámara procedió a borrar su memoria “roja” e implantarle una conciencia nueva, libre del pasado y positiva. Sucede que todo esto comienza a ser un despropósito ya que el estrangulamiento de “la Carol” con restos de celuloide –recuérdese que estamos en una cabina de proyección- pasa a manos de la policía política que ve en el hecho, no podía ser de otra manera, un asesinato conspirativo, mientras que el psiquiatra no puede resistirse ante este regalo humano que le permite aplicar sus tratamientos destinados a mejorar la conducta de sus enfermos, llevándolos hacia la liberación interior que les permitía vivir adecuadamente en la nueva España.
           
Esa puta tan distinguida, propone Juan Marsé, es la memoria. Todos tienen intereses específicos en ella. El guionista y el antiguo asesino recurren a ella por el dinero involucrado en la escritura y por el valor acordado por cada entrevista; los policías utilizaron las declaraciones de Sicart para montar un entramado de conspiraciones; el doctor para amaestrarla y hacer de ella un gato inofensivo agazapado en el interior de Sicart, y los productores de la película para modificarla y terminar por hacer una  que no tenía nada que ver ni con los hechos ni con las intenciones iniciales de la empresa. Nadie, salvo Fermín en ciertos momentos, tiene interés mayor por llegar a los hechos tal como parecen haber sucedido, si acaso algo así fuera posible luego de tres décadas de usos y modificaciones. La cuestión de fondo es que la película que termina por filmarse no se tratará una modificación de la memoria del asesinato sino que de su sustitución por otra trama, basada en las prestaciones sexuales de una prostituta casi ciega –ciega para los efectos del relato- amiga de Carolina Bruil: algo mucho más atractivo y vendedor que los hechos crudos ocurridos tres décadas antes. Así, cada uno paga y como tal usan la memoria como lo harán con un cuerpo prostituido.

                 
En ese contexto hay otra memoria que los todos, incluido el narrador, reconstruyen: la España franquista en los tiempos en que ponía rumbo a sus momentos  de mayor apogeo, una de los que los personajes escasamente se enteran y en la que sobreviven con dificultades. Esta España se dejaba caer en el Cine Delicias a través del control policial que buscaba impedir que los empleados de los cines ocuparan ese espacio para la propagación de ideas disolventes, pero de manera muy especial a través de la censura que en alguna oficina lejana decidía que escenas podían ser vistas por el público, y cuáles no. Esto último aparece novelado por la exhibición y reposición dos años después del filme Gilda (1946), ese en que se lució Rita Hayworth y, a su manera, Glenn Ford. La película contiene una escena famosa en la que Gilda, en un momento de su baile, se saca un largo guante con una sensualidad que deslumbró al mundo. Ninguno de los espectadores del Delicias aceptó jamás la idea de que eso era todo y aseguraban que el resto del fabuloso striptis había sido cortado por las autoridades, igual que el supuesto baño de la actriz desnuda en un mar en el que había caído la noche. Esos mismos espectadores recordaban el momento en que Glenn Ford abofeteó a Gilda, iniciando una larga serie de bofetadas cinematográficas. En este caso, la memoria funciona de manera inversa al recordar aquello que le fue suprimido, mientras que lo visualizado de manera efectiva no es recordado de manera tan viva como esa otra película “que cada uno se pasó”. Esta novela, dicho sea de paso, contiene una descripción del cine, del cine en España de un determinado momento y de los espectadores dentro de una sala encargada a un tal Fermín Sicart, un ‘operador’ de muy malas costumbres.
           
En la novela de Marsé hay varias protagonistas, pero dos de ellas y principales son las mencionadas Carolina Bruil –la Carol- y Rita Hayworth –la Gilda-. Esta última será recordada por los amantes del cine y por los organizadores de ciclos que con cierta frecuencia programan a este ícono de mediados del siglo XX. Gilda, definitivamente, ha sido y es recordada, tal como lo puede mostrar una rápida visita a Google. Carolina Bruil, esa prostituta que perdió un hijo de once años, se dedicó al alcohol y atendía a variados clientes, entre ellos al ‘proyeccionista’ del Delicias en su propio lugar de trabajo, de esa habrá menos memoria porque lo mostró todo muchas veces, sin limitarse a dejar ver un poco e insinuar el resto, como lo hizo la estrella de la pantalla.