Observatorio

"Nunca salimos del horroroso".

Presentación de la novela El Cristo Gitano de Nicolás Cruz Valdivieso

Galo Ghigliotto, escritor y guionista.

 

Hace no mucho tiempo tuve que someterme a una kinesioterapia en un centro de salud de Santiago. Me recomendaron a una kinesióloga de apellido alemán porque “además hacía acupuntura”, así que pedí hora con ella. Era una mujer de unos cuarenta o poco más años, de apariencia bastante normal, vestida con su uniforme médico color celeste. Lo primero que hizo fue ponerme unos electrodos en las piernas para aplicar electricidad con un aparatito. Lo echó a andar y me pidió que le avisara cuando sintiera algo, pero giró la perilla, giró y giró, y yo nada sentía. Se lo dije, así que le dio un toque al aparato, haciendo que el golpe de corriente me llegase de una al nivel más alto. La fuente de alimentación de la electricidad eran unas baterías en ese aparatito que ella tenía en la mano. Pensé de inmediato en cómo habrá sido para los torturados de la dictadura –y en general, claro, para todos los torturados del mundo–, a los cuales les dan tanto voltaje que hay registros de apagones a causa de ello. Me quejé, cómo no, si había dolido. La kinesióloga se limitó a comentar “es que es una terapia de shock”. Lo dijo justo antes de salir, con una risita en la cara, como si imaginarme en una terapia de shock le pareciera de lo más gracioso.


Ustedes se preguntarán por qué cuento esto que, en apariencia, no tiene nada que ver con el libro de Nicolás Cruz; pero lamento comunicarles que no dejaré mi relato hasta aquí, porque sigue.


Al día siguiente volví, con la misma kinesióloga, porque debía continuar mi tratamiento. Me preguntó cómo me había sentido después de esa primera sesión y le comenté que la pierna me dolía bastante, tanto que a veces sentía como si se me fuera a salir el fémur hacia adelante. Estaba consciente de mi exageración, pero lo hice para ser enfático. Ella me respondió tranquila, como si fuera toda una experta: “no se preocupe, es muy difícil desmembrar a una persona”. Luego agregó: “antiguamente se necesitaban cuatro caballos para hacerlo, y no cualquiera lo conseguía; la tortura era un arte y los verdugos desarrollaban su oficio de manera muy profesional”. Reconozco que me quedé pasmado, pero así todo se me vinieron a la cabeza los museos de la inquisición que he visitado, y el recuerdo de cómo Enrique VIII, para vengarse doblemente de uno de sus enemigos, no sólo mandó a decapitarlo, sino que encomendó la tarea un verdugo inexperto y, para peor, con una espada sin filo.


Ustedes no lo saben, porque no han leído el libro, pero créanme: sí estoy hablando de El Cristo Gitano.


Después de esa conversación, en la que por cierto me pregunté por qué una kinesióloga chilena definiría como “arte” al oficio de despellejar, torturar y matar personas, me dije a mí mismo que en la próxima sesión hablaría de cualquier cosa, pero nada que tuviese que ver con dolores o torturas.

Y así lo hice.

Cuando llegó el momento de la aplicación de electricidad y ultrasonido, que cuando se daba la conversación, hablamos de las vacaciones, del calor y del clima, a lo que agregué algo sacado de mis recientes lecturas sobre el cambio climático. Comentamos el hecho de que en el sur está aumentando la temperatura, que las nieves ya no se acumulan en la cordillera como antes, haciendo bajar los caudales de los ríos, y de cómo el sur es nuestra reserva de agua. A todo eso la kinesióloga agregó de repente: “y lo peor de todo, es que el sur se está llenado de judíos”. Me pareció haber escuchado mal, así que le pregunté ¿de qué? “¡de judíos!”, casi gritó, “¡y qué tiene!”, casi grité a mi vez, “es que se están robando el agua”, concluyó. Después agregó que, además, se iban sin pagar de los hoteles y etcétera y etcétera.


Decidí entonces que, para la próxima sesión, me haría el afónico o cualquier cosa por el estilo.

Y ahora, dirán ustedes, ¿qué tiene que ver esto con El Cristo gitano de Nicolás Cruz? Y yo les digo: todo que ver.


He titulado esta presentación “Nunca salimos del horroroso”, parafraseando un verso de Lihn que me acompañó durante toda la lectura del libro: todo lector, me parece, busca siempre una ubicación, un punto de referencia, un lugar donde situar la historia. Nicolás intenta quitarnos esa certeza, aunque –ya explicaré– lo consigue a medias. Aquí es preciso aclarar algo: el libro es una novela, pero sus capítulos, que prefiero llamar fragmentos, son partes que funcionan perfectamente como cuentos: “El cementerio gitano”, “El cristo”, “Los narices negras”, “El archivo de almas”, “El éxodo”, “Arboles enfermos”, “El artista de la desgracia”, “Las entrañas de Villa Raulí”, “La historia de las campanas” y “El rugir de los motores”.


En el primero de ellos, titulado “El cementerio gitano” se habla de “el Cementerio General de la Nación”, lo que suena de inmediato a cementerio argentino. El narrador nunca, en ningún momento, se casa con nombres de ciudades o países, sólo villas o campamentos. De hecho: el lugar donde ocurre el relato, pareciera no existir más que en la ficción, ser un invento, de la misma manera en que Onetti creó su Santa María. Pero aquí ni siquiera se nos ofrece el trazado ficticio de un lugar inventado, sino que todo ocurre en una nación innominada. Hasta el lenguaje intenta ser neutral, como para despistarnos, ya que se habla de bebé en vez de guagua, de Santa Claus en vez de Viejo Pascuero, y se insulta diciendo bolas de buey, en algo que parece más colombiano que chileno. Sin embargo, a partir de “El archivo de almas”, son inevitables los rasgos que van definiendo que esta Nación no es más que un paralelo del horroroso Chile: hay indígenas, hay una dictadura militar, hay un Nortino proveniente de un campamento llamado Ciudad Salitre, hay un centro de torturas llamado Villa Raulí, en honor al raulí, Nothofagus alpina, árbol endémico de Chile que crece desde Curicó hacia el sur.


Afortunadamente, para el lector cuadrado que soy a veces, este lugar se parece a Chile, aunque pronto, como empiezo a verlo, es más bien su reflejo, o precisamente, su fantasma. La nación que construye Nicolás es un espejismo sobre el desierto de la ficción, una patria dibujada a partir del modelo de nuestro querido terruño. En fragmentos como “Árboles enfermos”, centrado en la tortura que padece un grupo de mujeres, o “Las entrañas de Villa Raulí”, cobran relevancia personajes de nuestra historia reciente, que son presentados en esta nueva dimensión, barnizados por el mito: el Búho nos recuerda a El Fanta, la Flaca parece ser la Flaca Alejandra, el Teniente Coronel es un reflejo del Mamo Contreras, entre otros. Claramente el autor del libro, Nicolás Cruz, trata de desplazar la proyección de nuestro Chile hacia un lado, lo máximo posible, en un ejercicio de desenfoque como recurso estético. Pero eso no siempre es posible, porque Chile tiene un ancla profundamente enraizada, un eje que lo centra: el horror. Y el autor, por supuesto, acierta en mantener la órbita de ese mundo ficcional alrededor de aquel eje.


Aquí haré una pausa, porque me interesa retomar una idea: en cada fragmento que compone la novela –definitivamente prefiero decir fragmento que capítulo–, existe un trabajo muy bien logrado de continuidad. De un lado u otro todas las partes están conectadas, a la manera de una montaña rusa, cuyos carros están numerados aleatoriamente y, sin embargo, son capaces de avanzar con la misma ligereza y solidez. Aprovecho de decirlo ahora: este libro es un bólido. Golpea fuerte, como el buen alcohol, y por eso habría que tomárselo con calma. Parece dulce en un comienzo, pero luego, sin prevenirlo, uno se descubre medio noqueado. En este convoy cada vagón lleva un contenido diferente: bultos que a veces no somos capaces de reconocer y nos da miedo destapar. Pero al revisar el tren completo, al pasar de fragmento a fragmento, es posible distinguir, entre las formas de cada uno de esos bultos, nombres, anécdotas, lugares que ya se ha prefigurado en otra parte del libro. Invento un ejemplo: mientras en un capítulo vemos venir el tren, en otro lo vemos alejarse. La narración es, por tanto, absolutamente cinematográfica y ofrece diferentes enfoques no sólo en el detalle, sino en lo general: la historia completa es una mirada desenfocada de aquel horroroso Chile, una mirada que mantiene intacto el horror que lo hace característico, llevándolo más allá del mero ejercicio de memoria, convirtiendo esa historia en un evento permanente, presente, actual.


La mencionada concatenación de eventos y fragmentos refleja otra sucesión mucho más insondable: cómo se continúa, cómo se perpetua el horror hasta llegar a ese presente del que hablábamos. Hay muchos niños presentes en este libro: niños vivos, niños muertos; niños buenos, niños malos; niños condenados a morir, niños que logran sobrevivir. Unos son la sombra de los otros, o bien, la bifurcación de sus caminos en diferentes dimensiones. Se me viene a la mente un cuento de Osvaldo Lamborghini, “El niño proletario”, en el que unos niños burgueses torturan a un niño pobre. Las escenas son terribles, el resultado fatal. Algo semejante ocurre en “Los narices negras”, de este libro, donde un grupo homónimo toma las riendas de la crueldad en un internado. Lo más macabro de todo es que se trata de niños torturándose unos a otros, con una crueldad y un odio que uno se pregunta de dónde sale. Y me parece que tanto en el cuento de Lamborghini, publicado en 1973, tres años antes del golpe de estado en Argentina, al igual que en esta novela de Nicolás Cruz, existe un desenfoque, un reflejo ficcional de las relaciones de poder, del abuso, de la opresión que toda una clase dominante hace hacia la clase subalterna. “La lucha de clases es el motor de la historia”, ha dicho Marx, y afirmar lo contrario es pecar de inocentes.


Ahora quiero pensar: ¿cómo fue mi kinesióloga de niña? ¿con qué clase de padres debió criarse para llegar a considerar la tortura como un arte? ¿qué abuelo alemán debió tener para considerar que los judíos son indeseables que vienen a robarse el agua? Pero, sobre todo, ¿qué procesos faltaron o mediaron en que ella mantuviera esa forma de pensar hasta los cuarenta y algo más años que tiene ahora?


Hoy en día, y sobre todo desde el advenimiento de Trump, el discurso contra la inmigración está en boga. Las señoras pro-chilenas que nunca han visto un haitiano de cerca, ni tampoco han escuchado la perfecta pronunciación de un peruano, opinan que hay que sacarlos a todos para afuera, porque no aportan en nada. Hace poco, un par de semanas atrás, discutí con un tipo en una tienda de barrio porque comenzó a hablar en contra de los inmigrantes; me acompañaba un amigo mexicano que se sorprendió porque, según él, así de aspecto, el tipo “parecía progre”. Una amiga querida, hace no mucho, me asombró afirmando que “los yanquis son despreciables porque están manejados por judíos”. Y, quién sabe, quizás algunos de ustedes los aquí presentes opinan que se deben ir los peruanos, los colombianos, y les cargan los judíos.


Por último, y ya para terminar, es necesario agradecer a Nicolás por haber escrito y reproducido, en este reflejo ficcional, la historia reciente de nuestra Nación. Se trata de una obra fresca, que aporta una nueva mirada, no sólo al tema de la dictadura, sino también a la narrativa chilena: lejos de la ya tan trillada metaliteratura y de la tan manoseada e incomprendida autoficción –que también repasa, cómo no, la infancia en la larga noche. En ese sentido El cristo gitano se suma a una serie de obras que han aparecido en los últimos dos años donde es patente una preocupación por los temas que van más allá del escritor; podría decirse una preocupación por la vida, por la historia, por lo colectivo, por lo que nos construye como sociedad: una sociedad siempre polarizada en ricos y pobres, en fachos y rojos, en conservadores y progres.


En esta Nación llamada Chile, y también en la que Nicolás construyó en su novela, todos esos odios están hoy más vivos que nunca, y han llegado hasta aquí filtrándose de manera inocente desde la primera infancia. Ahí, a partir de comentarios dichos al pasar, de mentiras asumidas como verdad o simplemente a partir de la negación de hablar de “ciertas cosas”, se han instalado en nosotros convirtiéndose en sustrato latente de ese horror que tanto hemos mencionado. No son pocas las personas a las que a veces les aflora el discurso antiinmigración, como tampoco los que opinan que ya ha sido suficiente hablar de los horrores de la dictadura. Esa es la maceta del espanto: tantos diciendo eso de que “lo de las torturas ya pasó y hay que dar vuelta la página”; o el tarado de Fernando Villegas en un canal de alcance nacional diciéndole a Carmen Gloria Quintana, mujer quemada por los milicos en dictadura: “yo te diría que pasó la vieja, hoy el país está en otra”. Esta es la Nación donde es divertido taparle la boca a una muñeca inflable con el mensaje de “estimular la economía”.


Por la misma razón, la lectura de El cristo gitano es un ejercicio de resistencia, de largo aliento y hasta coraje, que consigue terminar bien gracias a la impecable escritura que Nicolás luce en todo el texto. Es un libro parejo en su pulcritud, muy bien trabajado, absolutamente capaz de retratar con toda precisión las imágenes de esa realidad brutal que fueron los años del dictador. Quienes a partir del título busquen una historia gitana tipo Kusturica, huyan despavoridos: aquí hay un compendio del terror de un país, una línea clara que une la vida y la muerte al alero de divinidades menos santas que demoníacas.


Bendito sea este Cristo gitano, que llega a bendecirnos a su vez con algunas páginas de buena escritura. Creo que, al igual que en la montaña rusa de Parra, en este tren de la mansión siniestra debería haber una advertencia que dijera “no respondo si bajan echando sangre por boca y narices”. Así que prepárense: están entrando en un cementerio, y sólo al terminar la lectura sabrán ustedes si están vivos o están muertos