Observatorio

Hasta la historia más antigua cambia

Nicolás Cruz. Editor de la página

 

Observo con curiosidad a un joven que el año 1982 leyó unas mil cuatrocientas páginas sobre la historia de Roma antigua en la Biblioteca Antonio Gramsci en la Via Sebino 43ª. Ellas estaban contenidas en tres volúmenes que fueron leídas de manera íntegra, subrayadas, quedando en los márgenes cientos de recordatorios sobre los aspectos que consideró más importantes, a los cuales se agregó algunas notas reflexivas (Esa biblioteca permitía ingresar con libros propios).

Ese joven, cercano a los treinta años, estaba estudiando la historia de Roma, cuestión que se desprende de los subrayados y que lo hizo en su larga extensión de varios siglos. Los tres volúmenes parecen haber sido leídos con la misma detención, sin que se pueda advertir una preferencia por algunos de sus múltiples momentos.

El libro en cuestión era la Storia di Roma de M. Cary y H.H. Scullard, publicada en italiano en el año 1981 por la editorial Il Mulino de Boloña. Originalmente el libro había sido publicado en el año 1935 por Max Cary, profesor de la Universidad de Londres, alcanzando una importante difusión entre los lectores de lengua inglesa. En el año 1954 su autor llevó adelante una revisión y puesta al día, a la que siguió otra en 1975 realizada por Howard Hayes Scullard, también profesor de la Universidad de Londres (El profesor Cary había fallecido en el año 1958 a la edad de 77 años). Fue esta última edición, en su versión italiana, la que leyó ese joven en el año 1982.

¿Qué habrá sido de ese lector? Podemos suponer que haya seguido leyendo historia romana. Este supuesto se basa en que debe haber tenido un interés personal para leer las cerca de 1500 páginas dedicadas a ese argumento. Si siguió adelante habrá podido comprobar cuanto han cambiado los manuales dedicados a la historia de Roma antigua.

Para Cary, así como para Scullard, la historia de esos siglos pretéritos seguía siendo política y militar en lo fundamental, aunque no de manera exclusiva, tal como dan cuenta los índices de cada uno de los tres volúmenes. Se agregaba, también, una preocupación muy propia de la historiografía de la primera mitad del siglo XX consistente en el estudio de la implementación y desarrollo de la burocracia imperial, aquella que había terminado por hundir al imperio bajo su peso. Andre Piganiol, el destacado historiador francés del mismo período, tenía la misma preocupación y escribía importantes páginas al respecto. Para ellos, Roma había decaído por motivos internos relacionados con el crecimiento elefantiásico de su Estado.

Los manuales dedicados a la historia romana han seguido apareciendo de manera constante hasta nuestros días. En fechas recientes se han publicado los de Brian Campbell (con edición en español del 2013), uno de Greg Woolf en el 2012 y no traducido aún, y uno a cargo de Mary Beard con traducción en este 2016. Se trata de textos bastante diferentes entre sí, aunque los tres comparten lo que se puede denominar ‘una nueva visión de la historia política romana’, argumento que presentan de manera más diversificada y, especialmente, como una obra colectiva. También conceden un amplio espacio a otros aspectos de esa sociedad antigua. Woolf escribe desde un presente manifiesto y se ocupa de las políticas ecológicas de los gobiernos romanos, de la diversión pública y la religión. Mary Beard intenta cumplir con las declaraciones que ha realizado desde hace algún tiempo en cuanto a escudriñar en el interior de una sociedad que a veces se nos presenta como muy jerarquizada y ordenada. Y lo logra en algunos capítulos como el dedicado al ‘frente doméstico’ y la sexualidad romana, mucho más recatada que la que ha creado el imaginario contemporáneo al respecto.

Un lector joven de nuestros días lee una historia romana distinta a la que estudió aquel otro hace ya 35 años. Ambos realizan la solitaria y placentera actividad de leer y estudiar, pero lo que encuentran en las páginas ha cambiado de manera significativa.