Opiniones

Chaplin, Luces y Sombras.

(A propósito de una biografía reciente de Peter Ackroyd)

Redactó Nicolás Cruz, editor de historiaycultura

 

Toda vida, incluida la de un genio como Chaplin tiene un punto de inflexión que aparece marcado por situaciones externas e internas. Tal cosa le sucedió a Charlot, el “pobre hombrecito” con la rápida instalación y difusión del cine sonoro entre 1927 y 1930. Chaplin ya tenía la mayor parte de su carrera desarrollada cuando se produjeron estos acontecimientos.

Al igual que un gran número de estrellas de la pantalla, él fue contrario a la introducción del sonido. Junto a muchos experimentó angustia, temor y compartió una natural desconfianza hacia esta novedad. ¿Qué iba a suceder cuando el público conociera sus voces?, ¿cómo moverse en un escenario donde el ritmo veloz y disparatado del cine mudo tuviera que adecuarse a un tiempo más pausado marcado por las palabras de los protagonistas? Y tenían razón, fueron muchos los que quedaron en el camino tal como, años después, lo retratara la película El Artista, ganadora del Oscar el año 2012.

El cine sonoro golpeó a Chaplin en la base de su modo de actuar puesto que lo suyo había sido siempre la pantomima y en ese registro había logrado dar forma a Charlot, probablemente la figura más emblemática de toda la historia del cine. En una entrevista de 1929, declaró: “Están echando a perder el arte más antiguo del mundo, el arte de la pantomima. Tiran por tierra la sobrecogedora belleza del silencio. Van a malograr el sentido de la pantalla (Ackroyd, p. 247). Cuando en el año 1931 estrenó su Luces de la Ciudad, una película muda de gran éxito, tuvo la intención de entregar su respuesta ante la modernización. Pero los desafíos y problemas se habían instalado en su vida cinematográfica: ¿cómo hablaría Charlot si acaso alguna vez llegaba a hacerlo?, ¿qué pasaría con sus audiencias que se extendían por todos los continentes (en Japón había llegado a ser muy famoso)? Se instalaba, además, el riesgo de que toda su creación apareciese anticuada a partir de ese momento. Y así fue, no obstante quedaran todavía por venir Tiempos Modernos (1936) y El Gran Dictador (1949, hablada), entre otras.

La vida afectiva de Chaplin enfrentaba, hacia fines de las década de 1920, un segundo divorcio y un juicio muy publicitado que mostros aspectos de su personalidad fría –sus dos matrimonios no habían sido por amor-, y agresiva con las mujeres. Él se había acercado a muchas actrices y un alto número de ellas lo habían aceptado, ingresando a relaciones traumáticas que terminaron por herirlas gravemente. Los antecedentes dan para pensar que solo Paulette Goddard logró recuperarse y continuar ascendiendo en su carrera como actriz. En la década siguiente esta situación no haría más que empeorar. Cuando finalmente llegó a estabilizarse con Oona O’Neill el escenario era muy distinto y la vida de Chaplin estaba afectada por las querellas judiciales y políticas que lo afectaban en los Estados Unidos.

¿Chaplin, solo Chaplin? En determinados aspectos su vida no era muy distinta a la de tantas personas que han logrado el dinero, la fama y el poder que buscó con tanto ahínco durante muchos años. Pero, estos bienes tan deseados tienen su particular manera su precio cuando transcurre el tiempo. Y Chaplin, nacido y criado en la pobreza y la marginalidad en el Londres de fines del siglo XIX, pagó su cuota con creces. A modo de contrapunto, cabe señalar que este genio fue un hombre de cine hasta la médula de los huesos, y quizás fue esto lo único que llego a importarle verdaderamente. Peter Ackroyd platea que fue ‘un libertario con ideas anarquistas’ desde el principio de su carrera en las tabernas y bares de Londres y que lo siguió siendo siempre. Cierto, pero también fue un frenético tanto en el estudio y en la vida fuera del plató y no pasó ningún período de su vida en que no estuviera pensando cuál sería su próximo paso en el celuloide. Así, tomando prestado un título de Unamuno, se puede decir “Nada menos que todo un hombre”.